#2 / Noviembre-Diciembre 2013

Mia Couto

Fortalecer el miedo

Sin título. Serie Grande Hotel (Beira, Mozambique) © Héctor Mediavilla, 2011

El miedo fue uno de mis primeros maestros. Antes de llegar a confiar en criaturas celestiales, aprendí a temer a monstruos, fantasmas y demonios. Cuando llegaron los ángeles, lo hicieron para protegerme, servían como agentes de seguridad privada de las almas. Los que me protegían, no siempre se daban cuenta de la diferencia entre sentimiento y realidad. Eso ocurría, por ejemplo, cuando me enseñaban a desconfiar de los desconocidos. En verdad, la mayor parte de la violencia llevada a cabo contra los niños siempre ha sido practicada por parientes y conocidos, no por extraños. Los fantasmas activos de mi infancia reproducían ese viejo engaño de que estamos más seguros en ambientes que reconocemos. Mis ángeles de la guarda tenían la ingenuidad de creer que yo estaría más protegido sólo porque no me aventuraba más allá de la frontera de mi lengua, de mi cultura, de mi territorio.

Al final, el miedo ha sido el maestro que más me ha hecho desaprender. Cuando abandoné mi casa natal, una mano invisible me quitaba el coraje de vivir y la audacia de ser yo mismo. En el horizonte se vislumbraban más muros que carreteras. En esos momentos, algo me sugería lo siguiente: hay en este mundo más miedo de cosas malas que cosas malas propiamente dichas.

En el Mozambique colonial donde nací y crecí, la narrativa del miedo tenía un envidiable casting internacional: los chinos que comían niños, los llamados terroristas que luchaban por la independencia del país y un ateo barbudo con nombre alemán. Esos fantasmas tuvieron el final de todos los fantasmas: murieron cuando murió el miedo. Los chinos abrieron restaurantes junto a nuestra puerta, los mencionados terroristas son gobernantes respetables y Karl Marx, el ateo barbudo, es un simpático abuelo sin descendencia.

El precio de esa narrativa del terror ha sido, no obstante, trágico para el continente africano. En nombre de la lucha contra el comunismo se han cometido las barbaridades más inconfesables. En nombre de la seguridad mundial se pusieron y conservaron en el poder algunos de los dictadores más sanguinarios de los cuales existe memoria. La herencia más grave de esa larga intervención externa es la facilidad con que las élites africanas continúan culpando a los demás de sus propios fracasos.

La Guerra Fría se enfrió pero el maniqueísmo que la sostenía no se desarmó e inventó rápidamente otras geografías del miedo, a Oriente y Occidente. Como se trata de entidades demoníacas, no bastan los seculares medios de gobernación. Necesitamos la intervención divina, razones que están más allá de cualquier lógica. Lo que era ideología pasó a ser creencia, lo que era política se convirtió en religión, lo que era religión pasó a ser estrategia del poder.

Para fabricar armas es necesario fabricar enemigos. Para producir enemigos es imperioso sustentar fantasmas. El mantenimiento de ese desorden requiere un dispendioso aparato y un batallón de especialistas que, secretamente, toman decisiones en nuestro nombre. He aquí lo que nos dicen: para que podamos superar las amenazas domésticas necesitamos más policía, más prisiones, más seguridad privada y menos privacidad. Para afrontar las amenazas globales necesitamos más ejércitos, más servicios secretos y la suspensión temporal de nuestra ciudadanía. Todos sabemos que el verdadero camino tiene que ser otro. Todos sabemos que ese otro camino comenzaría por el deseo de conocer mejor a ésos que, de un lado y del otro, aprendemos a llamar «ellos».

A los adversarios políticos y militares, se juntan ahora la naturaleza, el clima, la demografía y las epidemias. El sentimiento que se ha creado es el siguiente: la realidad es peligrosa, la naturaleza es traicionera y la humanidad es imprevisible. Vivimos –como ciudadanos y como especie– en permanente emergencia. Como en un estado de sitio, las libertades individuales tienen que ser contenidas, la privacidad puede ser invadida y la racionalidad tiene que ser suspendida.

Todas estas restricciones sirven para que no se hagan preguntas incómodas como éstas: ¿por qué motivo la crisis financiera no ha alcanzado a la industria armamentística?, ¿por qué motivo se ha gastado, sólo durante el año pasado, un trillón y medio de dólares en armamento militar? Todos sabemos que la seguridad se sustenta en una condición básica que es la justicia. ¿Por qué motivo entonces se realizan más congresos sobre seguridad que sobre justicia?

Si queremos resolver (y no sólo discutir) la seguridad mundial, tendremos que afrontar amenazas muy reales y urgentes. Hay un arma de destrucción masiva que está siendo utilizada todos los días, en todo el mundo, sin que se necesiten pretextos de guerra. Esa arma se llama hambre. El coste para superar el hambre mundial sería una pequeña fracción de lo que se gasta en armamento. El hambre será, sin duda, la mayor causa de inseguridad de nuestro tiempo. En un planeta que nos enorgullecemos de haber convertido en una aldea global, la realidad más universal es la miseria. 

Nuestra indignación, con todo, es mucho menor que nuestro miedo. Sin darnos cuenta, hemos sido convertidos en soldados de un ejército sin nombre. Como militares sin uniforme dejamos de cuestionar. Dejamos de hacer preguntas y de discutir razones. Las cuestiones de ética se olvidan porque está probada la barbaridad de los «otros». Y porque estamos en guerra, no tenemos que probar nuestra coherencia ni nuestra legalidad.

Es sintomático que la única construcción humana que puede ser vista desde el espacio sea una muralla. La llamada Gran Muralla fue levantada para proteger a China de las guerras y de las invasiones. La Muralla no ha evitado conflictos ni ha parado a los invasores. Posiblemente, han muerto más chinos construyendo la Muralla que víctimas de las invasiones del Norte. Se dice que algunos de los trabajadores que murieron fueron emparedados en su propia construcción. Esos cuerpos convertidos en muro y piedra son una metáfora de cuánto nos puede aprisionar el miedo.

Hay muros que separan naciones, hay muros que dividen a ricos y pobres. Pero no existe hoy un muro que separe a los que tienen miedo de los que no lo tienen. Bajo las mismas nubes grises vivimos todos, los del Sur y del Norte, los de Occidente y de Oriente. Acerca del miedo global, Eduardo Galeano ha escrito lo siguiente:

Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.
Los que no trabajan tienen miedo de nunca encontrar trabajo.
Los civiles tienen miedo de los militares, los militares tienen miedo de la falta de armas, las armas tienen miedo de la falta de guerras.

Y, tal vez, añado ahora yo, hay quien tiene miedo de que el miedo acabe.