#13 / Septiembre-Octubre 2015

Editorial

Indagando en el desorden

Josep Ramoneda

Aun en un mundo acelerado como el nuestro, las inercias culturales y sociales hacen que la toma de conciencia de los cambios profundos sea lenta. En cierto modo vivimos todavía los efectos de la caída del Muro de Berlín (o, si se prefiere, del hundimiento de los sistemas de tipo soviético) que rompió los esquemas simples que habían gobernado el planeta desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La coincidencia del despliegue de las tecnologías de la información, nada casual, más bien causal, con ese acontecimiento geopolítico abrió las puertas al llamado proceso de globalización.

Desde cierto triunfalismo banal se proclamó la unificación del mundo bajo un solo modelo económico e incluso político. Pero las estructuras culturales y sociales son más difíciles de mutar y de erosionar de lo que parece y las viejas barreras se reconstruyen en nuevas formas y alianzas dando como resultado un mundo en que la gobernanza se ha complicado sensiblemente. Por muy extendido que esté el capitalismo, sus formas de decantación son enormemente diversas; por mucho que algunos crean que el interés económico es el único criterio de relación reinante, la lucha por el reconocimiento, la voluntad de poder y las formas culturales de la servidumbre voluntaria siguen jugando un papel determinante. Y no se puede prescindir de estos factores si se quieren entender conflictos y resistencias frente a los que Occidente no tiene otro recurso que la etiqueta: el mal, la irracionalidad.

Como ha ocurrido históricamente, en toda globalización (es decir, en todo cambio de escala sistémico) lo primero que se mundializa es el dinero (el  poderosísimo mito de los mercados convertido en un nuevo poder trascendental, tan inefable y tan determinante de los comportamientos como los dioses del pasado) y el crimen (narcotráfico, armas, tráfico de personas). La política –y especialmente la democrática– está sufriendo los efectos devastadores de este cambio. Sigue siendo nacional y local y es incapaz de poner límites a estos poderes globales que luchan por someterla y captarla. El autoritarismo posdemocrático y la desigualdad sin límites planea sobre las más viejas democracias.

La Maleta de Portbou sigue en la exploración de estos cambios. Y lo hace visitando a la gran potencia americana, en clave cultural. «Si eres un ganador no tienes que ocuparte de los demás», dice George Packer en conversación con Francesc Serés. Las rupturas provocadas por una idea radical del individuo han tocado fondo, la pregunta sobre lo común vuelve a estar de actualidad. Rodrigo Fresán nos habla de David Foster Wallace, indispensable para la comprensión de una época en que «todo lo que conocemos comenzó a terminarse». Y Michael Marder nos retrata la cultura del doble empaquetado.

Pero para entender los cambios en curso no podemos olvidar los fundamentos. Y éstos están en la filosofía. A ella acudimos. Axel Honneth desgrana su teoría de las tres acepciones de la libertad, Gianni Vattimo y Santiago Zabala hablan de las contradicciones de esta ideología del orden que es el nuevo realismo. Y Juan José Tamayo evoca las raíces monoteístas de nuestra cultura. Richard Bernstein conversa con Enric Puig sobre la violencia, y Seyla Benhabib con Josep Maria Martí Font sobre el aprendizaje del «pluralismo de los universales» y la importancia de los movimientos trasnacionales. La voz de Europa la aporta Luuk van Middelaar, que aborda la urgencia de que el viejo continente salga de las bambalinas y ose intervenir como un actor global. La indagación continúa.