#43 / Noviembre-Diciembre 2020

Editorial

La alerta americana

Josep Ramoneda

© Esperança Rabat

América, como se autodenomina Estados Unidos, en una prepotente asunción del todo continental por una parte, está en crisis. Y esta se convierte en una interpelación a todos nosotros. Como escribe Ignasi Gozalo, «no nos cansamos de constatar que el cuento de hadas del otrora sueño americano se ha acabado y, sin embargo, seguimos observando la realidad del mundo a través del retrovisor yankee». Es la herencia del siglo XX, el siglo de América, Europa quiso construir un modelo democrático alternativo y fue Estados Unidos quien vino a rescatarnos de la catástrofe en la Segunda Guerra Mundial. La Guerra Fría terminó con el hundimiento de los sistemas de tipo soviético, con la URSS exhausta ante el poder americano, y Estados Unidos queda como potencia hegemónica. Parecía que se imponía el relato del fin de la historia. Y se imponía la ilusión del triunfo universal de las democracias liberales. Y ello en pleno proceso de destrucción de los equilibrios sociales en Estados Unidos y en Europa bajo la bandera del neoliberalismo, es decir, de la versión nihilista del capitalismo (no hay límites, todo está permitido en la carrera al crecimiento y al capitalismo financiero) como motor del proceso de globalización.

Se abría así un extraño tiempo en que poco a poco la idea de progreso era sustituida por una aceleración del tiempo que nos situaba en un imparable presente continuo, que desoía el pasado y entregaba el futuro a la utopía tecnológica. Donde antes había una idea de progreso, como horizonte hacia un mundo más libre y más justo, crecían, de manos de la literatura, las fantasías distópicas, como advertencia de lo que podía ocurrir si el desarrollo tecnológico desbordaba la condición humana. Pero las fábulas de un futuro ganado para siempre por el modelo americano, decayeron pronto. Primero, cuando el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos recibió en su propio territorio –que con su posición geográfica se había mantenido siempre alejado las guerras del siglo XX protagonizadas por su ejército– confirmándose así que la historia no se había acabado y que regresaba por caminos inesperados. Y simultáneamente con el despertar asiático con las viejas colonias desafiando a Occidente, a menudo con los propios instrumentos que dejaron los colonizadores, como ha explicado Pankaj Mishra, pero amparados en peculiares sentidos comunitarios, con China a la cabeza, dispuesta a disputar el liderazgo a la gran potencia. Hasta el punto de que a día de hoy muchos hablan ya de una nueva Guerra Fría.

En este panorama, la figura de Trump se convierte en icono de la convulsión actual. Pero cualquier reflexión que se quede en las extravagancias del personaje sería completamente estéril. Trump no es el problema, es la consecuencia de la crisis americana. ¿Qué ha pasado en la sociedad americana para que un personaje como él, caricatura del líder autoritario que se siente por encima de la ley y que vive instalado en el espíritu de revancha y resentimiento, haya podido ser elegido presidente de Estados Unidos? Y ahí aparecen las fracturas de una sociedad en que el poder descontrolado del dinero ha generado impresionantes brechas de desigualdad, en que el mito de que el éxito estaba al alcance de cualquiera que se lo propusiera ha acabado con la frustración y marginación de millones de personas, la meritocracia se ha convertido en una pesadilla, en la medida, como ha explicado Michael Sandel en su último libro La tiranía del mérito, que ha estigmatizado a los perdedores como merecedores de su destino y ha multiplicado al infinito las frustraciones sociales, aumentando las brechas del racismo y la xenofobia.

El caso Trump es la confirmación de que las democracias hoy están en peligro. Y el sentido del dossier sobre América que publicamos es advertir sobre ello. Quiero destacar dos cosas: primera, la incapacidad de los liberales y de la izquierda para conectar con los sectores sociales que se sienten hoy desahuciados y que están encontrando consuelo en los discursos patrióticos y antiélites de la extrema derecha. Está muy bien dar reconocimiento a las minorías, pero sin olvidarse de las mayorías de perdedores. Segundo: como dice Bernard E. Harcourt: «No vivimos en “estado de excepción” en Estados Unidos, sino en “estado de legalidad”. Por eso es imprescindible entender la forma en que la brutalidad puede ser legalizada, especialmente en un país que respeta el estado de derecho» y «los tribunales hacen que estas prácticas sean legales y constitucionales». Algo parecido está ocurriendo en España. Y no corregirlo es una irresponsabilidad del poder legislativo que allana, como en todas partes, el camino al populismo más reaccionario.