#42 / Septiembre-Octubre 2020

Arcadi Navarro

La caída de santa Lidwina o cómo una pandemia puede transformarnos

© Javi Royo, www.javirroyo.com

 

La santa

No sabemos si el invierno de 1396 fue especialmente frío en la ciudad holandesa de Schiedam. Sabemos, eso sí, que la temperatura era bastante baja como para que se pudiera patinar sobre hielo. De las diversas fuentes que lo confirman, quizá la más interesante es la hagiografía de Lidwina de Schiedam (1280-1433), conocida por los católicos como santa Lidwina desde que el papa León XIII la canonizó en 1890.

La historia y la leyenda nos cuentan que, en enero o diciembre de ese año, cuando Lidwina, de quince años y recientemente recuperada de una enfermedad, patinaba con sus amigas, se cayó y se rompió una costilla. La costilla se le soldó, pero ella nunca se recuperó por completo y quedó discapacitada progresivamente durante el resto de su vida. Si hemos de creer a sus varios biógrafos, podemos añadir varios detalles. Lidwina quedó totalmente paralizada, salvo su mano izquierda. Tras su caída, quizá atemorizada por si el Señor la había castigado, se entregó a la oración, al ayuno continuo, a la profecía y a curar a los enfermos. Todo esto le hizo ganar fama de mujer santa.

Esta información es, de hecho, oficial. Tras ordenar a unos soldados que la vigilaran día y noche durante varias jornadas, las autoridades de Schiedam promulgaron un documento que demuestra su completa falta de alimentos y de sueño. Parece que al principio tomaba, de vez en cuando, algún bocado de manzana; después sólo dátiles y vino, y, ya al final, se sostenía apenas con un poco de agua y, evidentemente, con la sagrada comunión. Por si todo esto fuera poco, el documento aporta bastantes más detalles, a cual más imaginativo. Lidwina habría perdido sangre, piel, algún hueso y parte de sus intestinos, que se mantenían incorruptos y deliciosamente olorosos en el frasco de vidrio en el que los habían guardado sus padres (hasta que el exceso de atención pública obligó a enterrarlos).

Lidwina murió a los 53 años. Es conocida como la patrona de Schiedam, los patinadores sobre hielo y los enfermos crónicos.

 

La enfermedad

Los textos históricos más fiables revelan que Lidwina estaba afectada por una enfermedad debilitante, con muchas características similares a las de la esclerosis múltiple (EM) y un curso similar a la forma recurrente-remitente de la enfermedad. En la EM, el sistema inmunitario del enfermo ataca la mielina, la sustancia que recubre los axones de las neuronas. El sistema nervioso central se deteriora y se pueden ir perdiendo funciones en diferentes partes del cuerpo. En términos técnicos, la EM es una enfermedad desmielinizante, neurodegenerativa, crónica y no contagiosa. No tiene cura, aunque en las últimas décadas la comunidad científica ha desarrollado un amplio abanico de tratamientos que mejoran sustancialmente la calidad de vida de las personas que la padecen.

La enfermedad de Lidwina comenzó poco después de su caída y quizá, de hecho, fue su causante. A partir de la primera manifestación, desarrolló dificultades para caminar, dolor de cabeza, problemas de visión y dolores en los dientes (para los curiosos, esto podría haber sido neuralgia trigeminal). A la edad de diecinueve años, tenía ambas piernas paralizadas.

Durante el resto de su vida, la condición de Lidwina se deterioró lentamente, aunque con periodos aparentes de remisión. Todos estos elementos, algunos de ellos confirmados por un estudio patológico de los restos del esqueleto de Lidwina en 1957, sugieren un diagnóstico póstumo de esclerosis múltiple, con lo que los historiadores médicos consideran que santa Lidwina es uno de los primeros pacientes de quien tenemos constancia documental. Por tanto, la enfermedad se remonta, como mínimo, al siglo xiv.

Esta es una observación interesante, pero no es única. Por ejemplo, sabemos que la enfermedad es bastante más prevalente entre las mujeres que los hombres y es curioso como a partir del siglo xv aparecen historias similares en los registros de algunos conventos. Monjas que caían enfermas, seguramente a causa de algún pecado, y que eran perdonadas después de intensas oraciones por parte de la comunidad. Desde aquella época, además, se acumulan varios casos de enfermas y enfermos de muy variadas edades y condiciones que parecen haber sufrido la enfermedad y que fueron auténticos misterios para quienes los debían tratar.

Pero si la aparición de la EM a las puertas del Renacimiento llama la atención, aún es más chocante su ausencia histórica. Los padres grecorromanos de la medicina, Hipócrates (460-c. 370 a.C.) y Galeno (c. 130-
c. 210 d.C.) quizá no sabían mucho de anatomía o de microbiología, pero eran unos maestros de la medicina preventiva y de la detallada descripción de los síntomas de cualquier enfermedad. Sus escritos nos han influenciado hasta el punto de que mantenemos los nombres con que las bautizaron. Hipócrates, por ejemplo, menciona unas lesiones ulcerosas crónicas, algunas veces endurecidas, que se desarrollan progresivamente y sin control expandiéndose por los tejidos, recordando las patas de un cangrejo. Las bautizó con el nombre de karkinos, que quiere decir cangrejo. Este, como en el caso de la constelación, es el origen de la palabra «cáncer».

Pues bien, en las obras de los clásicos no aparece ninguna mención que pueda recordarnos a la EM. Cuando a partir del siglo xv los médicos empiezan a enfrentarse a esta enfermedad, se sienten perdidos. En lugar de limitarse a seguir las recomendaciones de los grandes maestros de la antigüedad se ven obligados a pensar, a improvisar, a investigar. La novedad es la gran cuestión. ¿Cómo es que una enfermedad que es de todo menos discreta, una enfermedad que en Europa padecen más de cada 100.000 personas, no dejó rastro en los tratados médicos que, hasta tiempos modernos, eran los más completos de la historia?

 

Las hipótesis

La respuesta más respetuosa con los sabios de la antigüedad, y también la más sencilla, es que la enfermedad o bien no existía, o bien era tan poco frecuente que pasaba desapercibida. ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede una enfermedad aparecer súbitamente, con un sonoro puñetazo en la mesa de la historia? En el caso de la esclerosis múltiple, la realidad es que no lo sabemos. Y es en este punto, en el reconocimiento de la ignorancia y en el afán de corregirla, donde siempre comienza la ciencia.

Lo primero que se nos habrá ocurrido es que esto de las enfermedades que aparecen de pronto no es tan extraño. Durante los últimos meses una de estas enfermedades ha ocupado todos los telediarios. La Covid-19 nos ha impuesto drásticos cambios, en lo personal y en lo social, y todo parece indicar que nos los impondrá en lo económico. Esta pandemia moderna, esta nueva peste, ha aparecido de golpe. Entonces, ¿puede ser que la EM sea una enfermedad infecciosa? Parece descabellado. Como ya he dicho antes, la esclerosis múltiple no se contagia en absoluto.

Otra posibilidad, entre muchas otras, es que las personas hayamos cambiado. Es decir, que durante los últimos mil o 2.000 años los humanos hayamos evolucionado y, en algunos aspectos, seamos diferentes de los griegos o de los romanos. Quizá uno de estos aspectos sea un mayor riesgo de contraer esclerosis múltiple. Pero esto nos sorprende: los expertos insisten en que somos genéticamente muy similares a nuestros antepasados clásicos. Quizá ha habido cambios sutiles en las frecuencias de algunas variantes de nuestros genomas, pero en todo caso son tan pequeñas como las hay hoy en día entre continentes. Ahora bien: aunque puede haber pequeñas diferencias, que ello implique que, de repente, aparece una enfermedad se nos antoja, también, descabellado.

Pero el trabajo de los científicos es pensar en todo, analizarlo todo. Incluso las ideas que parecen más inverosímiles deben ser examinadas con rigor. Para hacerlo bien, hay que pensar en ello en términos de predicciones. «Si tal idea es cierta ¿qué deberíamos observar?» Y más: «¿Qué observaciones nos permitían descartar tal idea?». Reflexionemos, pues. Si la presencia de la enfermedad se debiera a cambios genéticos recientes, ¿qué deberíamos observar? Si algún agente infeccioso tiene que ver con la EM, ¿qué esperaríamos, además de un contagio que no vemos en ninguna parte?

Afortunadamente, y aunque las causas de la enfermedad aún no sean del todo claras, hemos acumulado un amplio repertorio de observaciones relevantes sobre la EM. Sabemos, de entrada, que tiene una prevalencia diferente en diferentes geografías. Por ejemplo, es más frecuente en Europa que en el este de Asia. De hecho, la enfermedad es típicamente europea o, para ser más precisos, de las personas de ascendencia europea. La prevalencia en Japón, por ejemplo, es cincuenta veces más baja y sólo se ven afectadas dos de cada 100.000 personas. En África la prevalencia también es pequeña. Dentro de Europa también hay cambios, que si bien no son tan grandes resultan igualmente notables: la prevalencia es más alta en el norte que en sur del continente. Todas estas observaciones han inspirado ideas en las que aquí no entraremos. Por ejemplo, una posible explicación para los patrones geográficos asociados a la EM podría ser la diferencia de insolación en regiones alejadas del ecuador, que podría conducir a una falta de vitamina D y un mayor riesgo de la enfermedad. Las enfermedades complejas tienen múltiples causas, esta podría ser una de ellas.

La Covid-19 nos ha impuesto drásticos cambios, en lo personal y en lo social, y todo parece indicar que nos los impondrá en lo económico.

Además, la tecnología moderna está facilitando obtener datos cada vez más sofisticados para estudiar las causas de la enfermedad. Un ejemplo destacado son los últimos avances en genómica, que han permitido estudiar la genética de la EM en profundidad. Se han encontrado variantes genéticas asociadas con un mayor o menor riesgo de padecerla, fundamentalmente en genes relacionados con nuestro sistema inmunitario, pero aun así, el grueso de las causas que originan la enfermedad permanece desconocido.

Volviendo a la geografía, esta nos demuestra que hay margen para la acción de factores externos en la etiología de la EM. Consideremos un hecho curioso: si un japonés adulto se va a vivir a Europa, mantiene su baja probabilidad de adquirir EM, pero si se traslada antes de los quince años puede adquirir una probabilidad más alta, similar a la de los europeos. Lo mismo ocurre al revés, las personas nacidas en zonas de gran prevalencia que se trasladan de muy jóvenes a zonas de prevalencia baja, tienen un riesgo de EM menor, más parecido al de su país de acogida.

Quizá no se trata sólo de la presencia del virus, tal vez el huésped juega también una parte. Para examinar esta otra hipótesis, necesitamos considerar la segunda idea descabellada: que los humanos hayamos evolucionado.

Por tanto, sí hay factores externos implicados que, además, dependen de la edad. ¿Cuáles pueden ser? Los investigadores han aventurado varias hipótesis que implican bacterias y virus diferentes. Una de las posibilidades que se consideran más probables es que el virus de Epstein-Barr (EBV) juegue un papel. El EBV es un herpesvirus bastante conocido (HHV-4, por Human herpesvirus-4). Es el causante de la mononucleosis, la enfermedad del beso (el nombre se le dio antes de saber que el virus se transmitía por la saliva). Pero, atención, el 95% de la humanidad está infectada por el virus sin haber pasado la mononucleosis. Sólo se contrae esta enfermedad si una persona que no se ha contagiado de pequeña, que es el caso más frecuente, se infecta durante o después de la adolescencia. Se sabe, además, que las personas que nunca han sido infectadas por el EBV tienen un riesgo reducido de padecer EM, mientras que las personas infectadas como adultos jóvenes tienen un riesgo mucho mayor que las que han sido infectadas a una edad más temprana.

¿Podríamos entonces pensar que el riesgo de EM está relacionado con la prevalencia del virus en diferentes zonas del mundo? La idea es buena, pero no se sostiene, ya que el virus está presente en todo el planeta. Podría ser, sin embargo, que hubiera diferentes formas del virus en diferentes zonas de la Tierra, diferentes cepas que causaran riesgos diferentes. Quizá sí. Es una idea más compleja que merece la pena examinar.

Ahora bien. Quizá no se trata sólo de la presencia del virus, tal vez el huésped juega también una parte. Para examinar esta otra hipótesis, necesitamos considerar la segunda idea descabellada: que los humanos hayamos evolucionado. Pero ¿cómo?

Siguiendo con nuestro ejemplo, aunque la diferencia de riesgo entre europeos y japoneses sea alta, estamos, a fin de cuentas, hablando siempre de riesgos relativamente bajos con respecto a la población en general (un 0,002% en Japón versus 0,1% en Europa). Para explicar este tipo de cambios no hacen falta grandes cambios evolutivos. Dado que es una enfermedad autoinmune, que la EM afecte más a los europeos que a otras personas podría tener que ver con cambios sutiles en nuestro repertorio de variantes inmunitarias. Para llegar a pensar que tales cambios se han producido, habría que identificar algún episodio de acción de la selección natural que haya afectado diferencialmente el sistema inmunitario de las dos poblaciones.

Así pues, ¿sabemos de algún episodio selectivo de los últimos cientos de años que hubiera afectado más a los europeos que a los japoneses o los africanos? Lógicamente, este episodio debería haberse producido antes de la caída de santa Lidwina, antes de que la EM comenzara a aparecer en los registros históricos.

Resulta que sí tenemos un candidato: la Peste Negra. La Peste, causada por la bacteria Yersinia pestis, arrasó Eurasia y el norte de África en el siglo xiv. Se trata de la peor pandemia de que la humanidad guarda memoria. La Peste Negra causó entre 75 y doscientos millones de muertos, alcanzando el pico en Europa entre 1347 y 1351. En determinados lugares de Europa, falleció más de la mitad de la población. Algunas poblaciones quedaron exterminadas y determinadas aldeas cayeron en olvido y sólo fueron redescubiertas muchos años después. Todo este infortunio tuvo lugar justamente una generación antes del nacimiento de Lidwina. Es razonable conjeturar que esta gran mortandad, muy centrada en Europa, es el episodio selectivo que puede haber modificado, siquiera ligeramente, el sistema inmunitario de los habitantes de este continente. Podría ser que un sistema inmunitario particularmente sensible y agresivo ayudara a superar la peste y, por tanto, podría ser que los descendientes de los supervivientes lo heredaran… junto con un mayor riesgo de enfermedades autoinmunes como la EM.

 

La investigación

Tenemos, pues, dos ideas que a primera vista calificábamos de alocadas, pero que cuando pensamos un rato, ya no nos lo parecen tanto. Ambas están relacionadas con la distribución mundial de la variación genética, tanto del huésped humano como del virus. Una es que los genomas de las personas de ascendencia europea sean sutilmente diferentes a los de las personas de lugares del planeta que no fueron tan afectados por la Peste Negra. La otra idea es que, aunque el virus está presente globalmente, puede haber diferencias geográficas en su genoma que originen diferencias en el riesgo de EM que el virus transmite.

Las dos hipótesis no son incompatibles. Podríamos encontrarnos con un escenario complejo en que ciertas variantes del virus interaccionan mal con determinadas variantes del huésped humano. No lo sabemos. También podría ser que ninguna de estas hipótesis fuera cierta. Después de todo, es esta incertidumbre que mueve la ciencia.

Este tipo de hipótesis y otras parecidas son, precisamente, las que exploran los investigadores que trabajan sobre el virus SARS-CoV-2, el causante de la Covid-19. Uno de los mayores misterios que rodea al virus, más allá de su mayor severidad en las personas de edad avanzada, es la abigarrada pluralidad de efectos que produce en diferentes individuos: desde graves problemas respiratorios hasta la más absoluta ausencia de síntomas, pasando por la anosmia, la diarrea o la fiebre; e incluyendo terribles complicaciones como lesiones hepáticas, ictus o miocardiopatías. Para llegar a controlar al virus debemos conocerlo, sí, pero también debemos conocernos a nosotros mismos.

Diré, por último, que en mi grupo de investigación nos gustaría contribuir a resolver el enigma de la esclerosis múltiple en concreto y de las interacciones entre virus y huéspedes en general. El proyecto de conocer con detalle la diversidad mundial del EBV es un objetivo que persigo desde hace más de diez años, ante el escepticismo más surrealista de las agencias financiadoras. Ahora bien: es cierto que ese tipo de proyecto sólo puede abordarse mediante investigación genómica de altísima precisión. Y hace poco que hemos sido capaces de desarrollar una tecnología para hacer asequible el coste de obtener todos los genomas que precisamos para llevar a cabo las comparaciones oportunas. Hacen falta secuencias del genoma completo, tanto de los huéspedes humanos como del virus, y tanto de personas sanas como de personas que padecen la enfermedad. Ya empezamos a tenerlos. ¿Conseguiremos entender por qué cayó santa Lidwina?

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