#35 / Mayo - Junio

Editorial

La gran inundación

Josep Ramoneda

Fue Iván de la Nuez el que habló de la caída del Muro de Berlín como una gran inundación. El tiempo le ha dado la razón. Aquella riada de personas que el 9 de noviembre de 1989 cruzó el Muro ante la pasividad de un régimen colapsado fue el primer aviso de unas aguas que se llevarían muchas cosas por delante: los regímenes de tipo soviético y el comunismo, por supuesto, y con ellos la Guerra Fría, Europa que cambiaría su faz y el despotismo asiático que mutaría del comunismo al capitalismo, la socialdemocracia, y mucho más. Y los estragos siguen: ahora mismo la democracia liberal está en riesgo.

De los escombros del Muro se hicieron suvenires en una sociedad que lo convierte todo en productos comerciales. Al inicio fue una gran fiesta, porque era un símbolo de ignominia y su caída llevaba aureola de triunfo de la libertad. Tanto fue así que hubo quien decretó el fin de la historia (Francis Fukuyama) y se anunció el triunfo definitivo de la democracia liberal. Pero el espejismo duró poco: la guerra volvió a Europa en los Balcanes y el 11 de septiembre de 2001 el imperio fue duramente golpeado como si la historia quisiera advertir de que se la había despedido antes de tiempo. La crisis de 2008 nos recordó lo que ocurre cuando se pierde la noción de límites, cuando se cae en la tentación nihilista y se cree que todo es posible.

Los cambios tecnológicos y económicos que habían asfixiado a la URSS extendieron sus efectos al nuevo escenario, al tiempo que asistíamos a la revancha poscolonial de unos países, especialmente asiáticos y árabes, que iban a por Occidente con sus propias armas. En estos treinta años ha habido más cambios que en muchos siglos. Y ahora estamos en el primer ciclo de una globalización que, después de un despliegue vertiginoso, vive señales de contracción y desgobierno. Incluso el imperio americano, lejos de adueñarse del mundo, vive tentado por el repliegue: los nuestros, primero.

De estos cambios se ocupa el dossier central de este número. Empezando por el primer efecto: la vertiginosa unificación de Alemania, símbolo del inicio de una nueva época, que cerraba el episodio abierto con la Segunda Guerra Mundial, que Philipp Ther nos describe. Josep M. Colomer plantea los problemas de gobernanza que siguen a la desaparición de un orden cerrado como era la Guerra Fría, camino de la utopía de un gobierno global. Xosé Carlos Arias evalúa el estado de una de las principales víctimas de la inundación: la socialdemocracia, hoy objeto de creciente melancolía. Lina Gálvez anuncia el siglo de las mujeres, la más potente fuerza emancipatoria que tenemos en escena. Federico Finchel-stein nos sitúa ante el invitado inesperado de esta época: el populismo global, que amenaza a las democracias liberales, como si fuera de la Guerra Fría no hubiera sitio para ellas. Y Xosé M. Núñez Seixas, que es el guionista de este bloque, nos habla del retorno de algo tan viejo como los nacionalismos en las tempestades de la globalización.

Pero los efectos de la gran inundación alcanzan otras páginas de la revista. En «De Eichmann a la Yihad», Josep Moya nos habla de las mutaciones de la violencia y Tomàs Marquès describe la revolución biomédica destinada a jugar un papel determinante en el próximo futuro. El relato de Josep Maria Martí Font capta el estado de ánimo de la vieja Europa en tiempos cambiantes en que el poder y la hegemonía se alejan y la ilusión de seguir siendo conciencia del mundo se desvanece.

Treinta años después paradójicamente el futuro de la democracia liberal está en cuestión. La idea de progreso decae ante los efectos de un modelo productivo que ha convertido el planeta en tierra hostil y amenaza el futuro de la especie. Y, caído el Muro de la vergüenza, hemos visto cómo en todas partes se construían y se siguen construyendo miles de kilómetros de muros. El de Berlín impedía salir, los actuales viven de la quimera de impedir entrar.