#54 / Septiembre-Octubre 2022

Editorial

La guerra y el yo

Josep Ramoneda

Las guerras afectan mucho más allá del territorio en que acontecen. Y crean, como escribe Eva Illouz, «una sensación de profunda desorientación moral e intelectual». La guerra de Putin desafía formas fundamentales de entender el mundo como «el significado del nazismo y del victimismo», al lanzarse la ocupación en nombre de «la desnazificación» de un país que «eligió a un judío como jefe de Estado y había aprobado una legislación contra el antisemitismo unos meses antes». La impostura agranda los efectos de la barbarie y contribuye a una confusión creciente en un mundo sometido a la triple presión de unos poderes económicos cada vez más globales que rompen la lógica de la soberanía de los Estados que había articulado la modernidad; de la revolución digital que cambia los sistemas de comunicación y control afectando incluso a la condición del sujeto humano, y de los efectos ya innegables del agotamiento del planeta acelerado por la mano humana visibles en el cambio climático, a pesar de los esfuerzos negacionistas de gentes con poder y mando. La pregunta sobre adónde vamos ha recuperado sentido, como es propio de momentos en que las bases estructurales de nuestras sociedades mutan aceleradamente.

En este contexto, el propósito de este número de La Maleta es incidir en la perspectiva que nos moviliza: la mirada de las humanidades, es decir, la atención sobre este factor de complejidad que es el ser humano capaz de pensar y vivir las cosas de mil maneras y de darles hechura y expresión cultural, que evidencia las dificultades que emanan de la pretensión de los que tienen poder de simplificar y reducir el espacio de lo posible. Un desafío del presente que viene marcado por la creciente irrupción de las pulsiones autoritarias incluso en los países de mayor tradición liberal, como es el caso de Estados Unidos que asistió a un insólito intento de golpe de Estado y vive una fractura interna sin visos de atemperarse.

Nuestra cita con las humanidades pasa, en este número, por el dossier sobre «Las literaturas del yo», el ejercicio de narrar «las cicatrices y el cuerpo», como escribe Marta Barrio. ¿Cómo explicarse a sí mismo? ¿Cómo compartir la experiencia singular, aquella que nadie puede tener por nosotros? Y pasa, también, por la galería que ha seleccionado Almudena Blasco Vallés, con artistas que circulan por «los límites de lo verosímil», como respuesta a los desafíos por «la irrupción de la inteligencia artificial y por los retos creados por los algoritmos» y a la necesidad de encontrar una nueva relación entre la naturaleza y el ser humano.

En la preocupación por enmarcar la singularidad de la experiencia humana se sitúa el artículo de Roger Bartra sobre el exocerebro: «un intento por colocar en un mismo espacio de investigación las redes neuronales y las simbólicas». Por ejemplo, las redes del habla. Los circuitos exocerebrales «como parte de la cultura y de las extensas redes sociales que nos rodean».

En este contexto son de gran utilidad dos disciplinas que vienen resiguiendo el relato de la humanidad: la historia y la literatura clásica. Porque como escribe Mariàngela Vilallonga: «He aquí la continuidad y la gracia de la literatura: decir con palabras nuevas sentimientos viejos». Que en el fondo es lo que nos permite hablar todavía de humanidad. Sin perder, por supuesto, el mundo de vista, porque como escribe Joan B. Culla i Clarà, parafraseando a George Orwell: «Quien controla el presente quiere y procura controlar el pasado, con la pretensión de que controlando el pasado controlará el futuro». Con un aviso para olvidadizos: «idealizar también es una manera, quizá bien intencionada, de tergiversar».