#4 / Marzo-Abril 2014

Enrique Gil Calvo

La hegemonía de la competividad

Del proyecto J’habite une ville fantôme © Thibaut Derien

El mundo del trabajo ha sido la principal víctima de la Gran Recesión. Doble víctima además, pues la crisis ha castigado tanto a quienes aún trabajan, con caídas sostenidas de las rentas salariales y fuerte deterioro de sus precarias condiciones laborales, como a quienes ya no lo hacen o todavía no lo han hecho, pues también han visto reducidos sus derechos sociales con grave aumento tanto de la pobreza como de una creciente desigualdad social. En nuestro país, este sacrificio involuntario de la fuerza de trabajo se produjo en dos fases. La primera recesión bajo mandato socialista se centró en la pérdida de empleos más que en el recorte salarial, mientras que la segunda recesión bajo mandato conservador se ha centrado en la reducción de salarios más que en la pérdida de empleos. Y aquí destacan los perversos efectos de la reforma laboral del gobierno Rajoy, que no sólo hizo caer los salarios sino que abarató el despido y modificó las reglas de negociación colectiva, debilitando a los empleados frente a sus empleadores. De ahí el injusto resultado: seis millones de parados, 20% de pobreza excluyente, la mayor desigualdad de Europa y una creciente presión tributaria sobre las rentas del trabajo, que supera por mucho la menguante tasa impositiva que grava las rentas de capital.

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