#15 / Enero-Febrero 2016

Sidi Mohammed Barkat

La revuelta de 2005

La lección de otoño

En Seine-Saint-Denis, el número de jóvenes extranjeros sin trabajo no deja de aumentar. A los habitantes de las banlieues se les quiere hacer responsables de su condición por su falta de «actitud» o de «voluntad». Boltansky ya dejó claro que no es un problema de ganas, sino de estructuras sociales, que hace que para algunos –inmigrantes y pobres– las cosas sean mucho más difíciles que para el resto, por muchas «ganas» que le pongan © Rodrigo Llopis

Porque ninguna batalla se gana jamás, dijo. Ni tan siquiera se libra. El campo de batalla sólo revela a los hombres su propia locura y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e idiotas. / William Faulkner, El ruido y la furia

En su número del 7 de noviembre de 2005, el conservador The Washington Times escribió: «Los agentes de policía, agotados y desanimados tras once noches de lucha callejera, vieron que sus adversarios, en su mayoría jóvenes africanos y árabes, tenían acceso a armas sofisticadas, entre ellas granadas, y que podían empezar a utilizarlas en breve». En Francia, algunas personalidades se dejaron llevar por esta pendiente de exageración. Sin embargo, para aquéllos bien informados, la revuelta de otoño de 2005, de una envergadura insólita, se presenta cómo lo que es en realidad: un método de presencia extraordinario, identificable con un torbellino de fuerzas sutiles y escurridizas, cuyo único móvil es el deseo de toda una juventud de vivir una vida que valga la pena vivirse.

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