#4 / Marzo-Abril 2014

Editorial

Las humanidades y el futuro

Josep Ramoneda

Si, como escribía achille mbembe en el primer número de La Maleta, Europa ya no constituye el centro de gravedad del mundo; si la destrucción de la idea de futuro –y su sustitución por una especie de determinismo mágico que da todo el poder a la economía–, fruto del cambio de paradigma iniciado en 1979, está conduciendo la democracia al autoritarismo postdemocrático, forma parte de nuestras tareas el reconocimiento de las señales que nos vienen desde otros lugares, la reconstrucción del proceso que ha conducido a la actual hegemonía ideológica y la reflexión crítica sobre propuestas y acciones políticas construidas sobre los cambios tecnológicos. Es el papel de las humanidades, ahora que son sistemáticamente expulsadas de los circuitos de la formación y del conocimiento.

Los aniversarios fascinan a un ser contingente como el hombre, que tiene en la historia (y la memoria) su único y precario suelo. De ahí el alud de publicaciones sobre los años previos a la guerra de 1914, que evocan una aceleración que desplegó grandes fantasías futuristas y desbordó los esquemas políticos y culturales construidos a lo largo del siglo XIX. Cien años más tarde la experiencia humana vive los efectos de una aceleración mucho más vertiginosa que aquélla, hasta el punto de que ha llegado a engullir la propia idea de progreso. Todo cambia tan deprisa que no hay distancia suficiente para evaluar el sentido del cambio. Y, al mismo tiempo, las motivaciones básicas de los humanos siguen asemejándonos a nuestros antepasados. De modo que, en pleno desconcierto, las humanidades son las mejor situadas para intentar captar los signos de la gran aceleración y enmarcarlos de modo que sea posible reabrir la perspectiva de futuro.

Para ello, debemos entender cómo hemos llegado hasta aquí. Peter Sloterdijk, en la excelente transcripción de Daniel Gamper de su intervención en la upf de Barcelona, abre algunas catas para una arqueología de nuestra cultura. Y Enrique Gil Calvo describe la hegemonía de la competitividad en una sociedad que ve cómo el mito de la redención por el trabajo que la legitimaba se hunde. El trabajo se está convirtiendo en un bien escaso y tenerlo no es garantía de una vida digna.

Debemos también atender y decodificar las señales que nos llegan de otras partes y de las nuevas maneras de actuar y de pensar. No basta con aplicar nuestra mirada a lo que ocurre en otros marcos culturales. Hay que saber captar y reconocer los cambios que de allí vienen: éste es el sentido del dossier sobre las «Señales que vienen de Oriente». Y, en otro plano, de la experiencia personal, más intimista, del relato de Yiyun Li. Del mismo modo tenemos que decodificar, sin papanatismo, los nuevos imaginarios que van ocupando la escena. Jean Michel Besnier nos habla del transhumanismo, Joan Fontcuberta pone su mirada de artista sobre Google Street View y Grégoire Chamayou abre camino a una filosofía de los drones. Todo ello sin olvidar los cambios en lo que podríamos llamar los fundamentos: la política (Jean-Luc Nancy), la ética (José Antonio Pérez Tapias y Laura Ascarza Ces, y Michael Sandel), el derecho (Dworkin) y la ciencia (Jean-Marc Lévy-Leblond).

En el proceso de restauración ideológica conservadora en curso, el gobierno del PP, empeñado en imponer la visión antropológica católica a toda la sociedad, ha lanzado una abracadabrante propuesta de ley del aborto. Hemos dejado en manos del arte nuestra primera contribución a este debate. Dos obras de Carmen Calvo que suenan como un grito contra la voluntad de humillar. Es el vigor de una artista que, como ha escrito el historiador Georges Duby, se inscribe «en aquella feminidad robusta, inquebrantable y fecunda que los moralistas del siglo xii mostraban como ejemplo a los hombres para sacarlos de su inercia». Una actitud que sigue siendo imprescindible ahora para combatir los proyectos reaccionarios y autoritarios.