#21 / Enero-Febrero 2017

Ricardo Martín de la Guardia

1956: Una cesura en la historia europea

Los exiliados húngaros

Refugiados húgaros en  Austria. Noviembre de 1956

Los acontecimientos que marcaron en 1956 la primera gran fractura del mundo sovietizado tuvieron como escenario privilegiado las tierras de Polonia e Hungría. En ambos países, aunque con mayor contundencia en este último, irrumpieron en la vida política controlada por el Partido Comunista grupos de presión –instalados, en muchos casos, dentro del aparato del Estado– con ideas de cambio y renovación en un momento crucial tanto en sus respectivas trayectorias nacionales como en el devenir del movimiento comunista internacional. Apenas había fallecido Stalin en marzo de 1953 cuando en Hungría, durante la primera etapa de gobierno de Imre Nagy entre julio de aquel año y abril de 1955, y de nuevo desde el verano de 1956 hasta que estalló la insurrección, todos estos grupos, algunos de ellos ya declaradamente constituidos en oposición bajo la influencia de lo sucedido en Polonia, emprendieron una acción decisiva al cuestionar la salida de la crisis que los ortodoxos del Partido húngaro, en connivencia con los dirigentes del PCUS, estaban pactando a espaldas de la población. Al contrario que en el caso polaco, el revisionismo húngaro, de carácter profundamente reformista, rebasó los límites que la URSS estaba dispuesta a tolerar. La frustración generada en los sectores más contestatarios elevó la tensión de las protestas hasta que aquella noche del 23 al 24 de octubre, en el fragor de los enfrentamientos armados y ante las primeras víctimas mortales, el descontento dio paso a la rebeldía abierta. Apoyadas por las tropas soviéticas, las fuerzas represivas respondieron de forma inmediata: la destitución de Nagy y la cruenta represión terminaron con cualquier atisbo de apertura y obligaron a miles de ciudadanos a huir de su país.

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