#55 / Noviembre-Diciembre 2022

Raúl Rodríguez Ferrándiz

Malos tiempos para la sátira

Guerrillas semiológicas

«En 1976, Joey Skaggs puso un anuncio clasificado ofreciendo un burdel para perros sexualmente frustrados, que disponía de “a savory selection of hot bitches” a las que se induciría el celo mediante una droga llamada Estrodial. Cuando la prensa se interesó, contrató a actores para que se hicieran pasar por clientes con sus mascotas y montó una consulta con un falso veterinario que les pasaba un cuestionario sobre sus preferencias sexuales. El caso saltó de la prensa local a la nacional y la internacional, y cuando la cosa llegó a los tribunales (el Fiscal General citó a Skaggs bajo la acusación de regentar un burdel de perros ilegal), se descubrió que todo había sido un engaño.»

En los años sesenta Umberto Eco recordó que la toma violenta del poder en el siglo XX pasaba por dominar los centros de producción de información: asaltar las redacciones de los periódicos y las agencias de noticias, irrumpir por la fuerza en los estudios de TV y de radio («Para una guerrilla semiológica» (1967), en La estrategia de la ilusión, Lumen, 1973, pp. 189-201). Es decir, allí donde son elaboradas las comunicaciones de masas según los códigos de los emisores. Convencido de que el acto comunicativo no se cumple en la voluntad de decir algo del emisor, sino en la libertad (relativa) de interpretar algo del receptor, razonó que «tomar el poder» comunicativo debería reenfocar sus prioridades: en realidad era tomar asiento en el sofá frente a cada televisor y acompañar al televidente en la tarea de descodificación de los mensajes, remover los códigos promoviendo la crítica en vez de la recepción pasiva, enseñar a leer noticias de los periódicos, fotos, películas, publicidad y canciones en una lectura oblicua o, como diría Barthes, obtusa, a medio camino entre lo aberrante y lo subversivo. Pero Eco sin duda era consciente de que es más fácil lo primero que lo segundo, porque esto precisa de millones de activistas movilizados para socavar los discursos hegemónicos en una labor de «guerrilla semiológica», que arman educativamente a las audiencias para que tiendan emboscadas a todo lo que huela a consensual y a la postre narcotizante.

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