#40 / Marzo-Abril

Raúl Rodríguez Ferrándiz

Más ficción, por favor

© Maria Gargot

Ficción tiene que ver con fingir. Se finge por muchos motivos, pero el más noble de todos es sin duda el fingimiento de la ficción. También se deja uno persuadir o seducir por muchos fingimientos ajenos, y también los de las ficciones son los más incruentos y menos dolosos. No sólo eso, los más placenteros. Se trata de fingimientos lúdicos, ya que no comprometen seriamente nuestra integridad personal ni están dirigidos o causar nuestro mal o a engañarnos sobre una situación de hecho: son puros juegos de la imaginación. Nos imaginamos que el capitán de un ballenero, vengativo y enloquecido, persigue por los siete mares a un cachalote blanco. Nos imaginamos que un tiburón también blanco se come a los bañistas en una playa plácida de la Costa Este de Estados Unidos, y experimentamos la angustia del jefe de policía local, enfrentado a un alcalde fullero que no quiere arruinar la temporada de baño. Nos figuramos que un exconvicto sin escrúpulos supo por su compañero de celda, condenado a muerte y ya ajusticiado, que guardaba un gran botín, y se presenta en la casa de la viuda y sus hijos con la intención de hacer todo lo necesario para apoderarse del dinero. Nos convencemos de la posibilidad de que un hombre muy enfermo, que ha recibido en un trasplante el corazón de otro, muerto en un trágico accidente, decida conocer a la viuda, se enamoren y le cuente la verdad (y esta, enfurecida y redoblado su dolor, le exija que, si la quiere, le ayude a matar a quien atropelló a su marido y a sus hijas y se dio a la fuga). Consideramos la eventualidad de que a un profesor de instituto de química, brillante pero amargado, le es diagnosticado un cáncer terminal, ante lo cual, para asegurar el bienestar material de su familia, decide aliarse con un traficante de poca monta para fabricar y comercializar cantidades industriales de metanfetamina de gran pureza. Nos figuramos que una mujer muy bella, viuda, alquila una casa con su hija y su ama de llaves al borde del mar, y allí conoce al fantasma de un capitán de barco que fue dueño de la casa y que le dicta durante varios años sus memorias de lobo de mar. Tiempo durante el cual irá naciendo entre ellos un amor imposible (¿o no?).

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