#34 / Marzo - Abril

Raffaele Pinto

Matisse y la (anti)metafísica del color

© Esperança Rabat

Una mirada sobre la estética del siglo XX tiene un cómodo punto de partida en la consigna de todos los movimientos, en cualquier campo del arte: «destruir» (o «deconstruir») los códigos formales del pasado. La «destrucción» puede ser un fin estético en sí mismo (por ejemplo, en el futurismo) o puede buscar códigos alternativos en el tiempo (el primitivismo) o en el espacio (el exotismo). O incluso llegar a nuevas formas de metafísica, que hacen de la indefinición del significado (conceptual, verbal o visual) su propio fundamento. Pero es imperativo del artista del siglo xx el rechazo de cualquier lenguaje ya codificado, un rechazo que se manifiesta como activa distorsión o incluso profanación de las formas y liturgias tradicionales. Este afán destructivo es, en algunos teóricos, un programa de deseducación del sujeto, que debe acostumbrarse a ver, sentir, leer las cosas de otra manera, a partir de la «ruina de los mecanismos psíquicos».1 El programa de «deseducación» tiene una gestación en el siglo XIX con el romanticismo y una secuela en el xxi con la hermenéutica de internet, que sitúa al sujeto en una dimensión de radical desarraigo: ausencia de criterios interpretativos socialmente compartidos.

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