#48 / Septiembre-Octubre 2021

Muerte, lenguaje y poderes

Andityas Soares de Moura Costa Matos

«Muera la inteligencia, viva la muerte.» Francisco Franco y Millán-Astray. Cuartel de Dar Riffien, 1926

Comprar la vida, sobornar a la muerte

La criogenia, conocida popularmente como congelación humana, es un proceso de vitrificación en el que los fluidos corporales se mantienen en un estado que no es ni sólido ni líquido, pero algo similar al del vidrio. El cuerpo se enfría gradualmente a una temperatura de -196 °C, lo que hace que se detenga el proceso de deterioro y envejecimiento. Para ello, la sangre es drenada y remplazada por M-22, un líquido crioprotector de glicerina que evita la formación de cristales de hielo que dañarían irreparablemente las células. Luego, el cuerpo se enfría y se deposita boca abajo –una precaución adicional para preservar el cerebro en caso de derrame–, en un tanque de nitrógeno líquido. De esta forma, permanece en las mismas condiciones durante años y podría revivir en el futuro, posibilidad que aún es puramente teórica para el organismo en su conjunto, pero ya efectiva para órganos aislados. Este extraño procedimiento atrae a personas con enfermedades terminales graves que todavía son incurables en la actualidad, así como a curiosos que quieren saber cómo será el mundo dentro de, digamos, doscientos años. En teoría, con la criogenia incluso sería posible lograr una especie de casi inmortalidad, ya que el interesado podría ser congelado indefinidamente –por ejemplo, cada dos años– y así vivir durante siglos. En Estados Unidos existen dos empresas –el Cryonics Institute en Michigan y la Alcor Life Extension Foundation en Arizona– que ofrecen este servicio, incluida la custodia de cuerpos congelados. También hay una empresa rusa, KrioRus de Moscú. Más de trescientas personas se han sometido a criogenia. Entre ellos se encuentra James Bedford, profesor de psicología en la Universidad de California. Murió en 1967 a la edad de 73 años y fue el primer ser humano sometido al proceso. También hay otros famosos congelados, como el jugador de béisbol Ted Williams, «muerto» en 2002; el físico que ideó el proceso criogénico, Robert Ettinger, refrigerado en 2011, y Hal Finney, un destacado programador de bitcoins, «preservado» en 2014. Evidentemente, lo que estas personas tienen en común, además del deseo de vencer a la muerte, es el hecho de que eran (o son, si la criogenia funciona) sumamente ricos. El costo del proceso varía según la edad y estado de salud del interesado, con un valor promedio de 200.000 dólares. Existe una versión más económica, cuya «inversión» ronda los 80.000 dólares y consiste en conservar sólo la cabeza, que supuestamente se puede reimplantar en un clon o en una máquina del futuro. El proceso de criogenia es el cuadro perfecto para ilustrar la lucha que los poderes políticos y económicos mantienen contra la muerte. Al transformar la vida en una commodity, la criogenia promete evitar que el cuerpo muera, alargando una existencia sin cualidad alguna de forma indeterminada, vaciando el cuerpo de toda relación y significado, haciéndolo inmune al lenguaje. Aunque los poderes políticos y económicos no pueden escapar del lenguaje, como constructos humanos que son, se creen capaces de domesticarlo en la misma medida en que ponen precio a la vida y la petrifican. Pero ¿es posible una cosa así, o sea, una vida sin la muerte?

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