#54 / Septiembre-Octubre 2022

Las literaturas del yo

Narrar la cicatriz, el cuerpo y el aborto

Marta Barrio

© Noelia Olbés/cortesía de la autora

Una noche de Reyes de hace un par de años, una amiga del pueblo me contó un secreto que no le podía contar a nadie más. Yo entonces estaba escribiendo otra cosa y lo aparqué para dar comienzo a la historia de ese secreto, que se convertiría en la semilla de esta novela, que es un árbol híbrido, con muchas ramas, y parte de la mímesis para ir hacia la fábula. Todavía hoy, el aborto es un tabú y un delito, un episodio vergonzante que esconder bajo la alfombra, un sufrimiento oculto por eufemismos o elipsis. En Leña menuda se narra una historia basada en hechos reales, pero es también una reflexión sobre el cuerpo y sobre los nombres que les damos a las cosas. Al escribirla, me fueron surgiendo preguntas que muchas veces traté de responder en el propio texto, y otras veces quedaron sin respuesta.

¿Cuál es el peligro de narrarse a uno mismo? ¿Y qué necesidad hay de hacerlo?

El peligro siempre es hablar de más, resultar impúdico. Yo tengo un archivo digital de mis lunares, cada dos años me desnudo en el médico y estiro los brazos, fotografían la piel y los comparan con el tamaño que tenían, y entonces me convierto en un sujeto vulnerable, un sujeto observado por una mirada clínica. Creo que el escritor a veces puede ayudar a ver el problema desde fuera, digamos, como un médico que te mide el lunar de la espalda, cosa que tú nunca podrías hacer por tu cuenta, el peligro sería contar de más, exponerse o desnudarse sin motivo, y la necesidad sería medir esa enfermedad que te acecha, describirla, y que esto sirva de advertencia, de señal o indicio y como prevención, por supuesto. Al menos era eso lo que yo pretendía en mi segunda novela, al acercarme a una historia ajena impostando para ello los mecanismos de la literatura del yo, contándola desde el pretexto narrativo de la confesión o del falso diario, para narrar una historia que sangre y que supure, pero con estrategias que rebasen lo estrictamente biográfico para trascender esa «novela trauma», según la cual pareciera que la intensidad «basada en hechos reales» fuera el reclamo principal de la narrativa, a la que quizá nos estemos acostumbrando demasiado últimamente, porque no deja espacio para el humor, ni para la ironía, que para mí son de capital importancia a la hora de comprender el mundo y de poder sobrellevarlo.

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