#44 / Enero-Febrero 2021

Editorial

No perdamos el mundo de vista

Josep Ramoneda

Ilustración de portada: © Esperança Rabat

El impacto socialmente inesperado –por más que los científicos nos digan que ya lo habían advertido– de una pandemia global y sus aparatosas respuestas políticas, ha sembrado un desconcierto que alcanza a nuestra percepción de la condición humana. De pronto, hemos revivido la conciencia de nuestra vulnerabilidad que las maravillas del progreso científico y tecnológico y algunas fantasías ideológicas construidas sobre ello habían desdibujado. Si el acelerado proceso de globalización ha sembrado grandes dosis de incertidumbre, ahora, con la pandemia, está tomando posesión de la ciudadanía. De ahí que Daniel Innerarity se pregunte si «es posible conducir la propia vida o gobernar las sociedades en medio de dicha incertidumbre con alguna racionalidad». Una pregunta que en cierto modo pone las cosas en su sitio: el peso de la racionalidad científica no es suficiente para controlar lo imprevisible. Y la complejidad de la condición humana –en la que la razón compite con el poder y las emociones– no es reductible a un saber hegemónico, por mucho que hayamos avanzado al sustituir paulatinamente el poder de la creencia por el poder de la razón científica.

Incertidumbre quiere decir inseguridad. Lo que nos lleva, como dice Paolo Gerbaudo, a un «tiempo de protección». De modo que «la prioridad pasa por proteger lo que ya está aquí, preocupados por las condiciones mínimas de habitación, para usar los términos de Karl Polanyi». Y esta demanda de arropamiento puede jugar a favor de las pulsiones autoritarias que ya venían de antes de la pandemia, por lo menos desde la crisis de 2008, culminación de un par de décadas nihilistas, fundadas en la creencia de que todo era posible.

La pandemia aporta una renovada conciencia de los límites. Y hay necesidad de volver a pensar la condición humana. Es el sentido del dossier «Filosofías de la pandemia», donde reaparecen temas que afectan a nuestras maneras de estar en el mundo y que estaban ausentes del debate público de las ideas. La pandemia nos ha redescubierto el poder de los sentidos, cuando algunos de ellos han sido colocados entre paréntesis. El más evidente, el tacto, factor esencial de la interacción humana, que de pronto ha sido limitado por decreto ley. «Perdemos mucho al privarnos del contacto. Nos privamos de uno de los idiomas más sofisticados que hablamos; perdemos oportunidades de construir nuevas relaciones, incluso podemos debilitar las existentes», escribe Laura Crucianelli. ¿El cautiverio como forma de estar en el mundo? En tiempos de confinamiento, Catherine Malabou se plantea la relación entre filosofía y separación: gueto, prisión, encierro.

En este contexto, Carmen Lea Dege anuncia el retorno del existencialismo, que nos ayuda a «asumir que la ambigüedad es inherente a nuestro ser» y que nuestra tarea consiste «en habituarnos a ella y traducirla en realidad institucional y cultural». Un cierto regreso de Simone de Beauvoir. Del mismo modo que Maite Larrauri, en entrevista de Pilar Gómez Rodríguez, invoca la actualidad de Simone Weil.

Con la pandemia dominando la escena mediática, en un mundo en que la red está devorando los medios tradicionales (los viejos mecanismos de mediación y estructuración de la opinión pública) dejándonos sin instrumentos para la jerarquización de la información, las tragedias recurrentes de la historia reciente pueden tender a quedar en segundo plano. Todo es virus. Por eso quiero hacer expresa mención de «Un largo invierno republicano», un artículo sobre el caso Paty y la libertad de expresión, en que Alain Brossat cuestiona la respuesta republicana normalizada porque cierra el espacio a una reflexión filosófica en profundidad que afronte la simplificación entre «un vosotros y un nosotros» que remite a una confrontación «inexpiable e interminable». Y también quiero señalar el relato de Agus Morales sobre la crisis migratoria permanente en que «la indiferencia y la xenofobia permiten el despliegue de una estrategia de humillación contra las personas refugiadas y migradas», que es ya «una crisis de Europa». La pandemia pasará dejando marcada a la sociedad, pero los cambios que se produzcan el día después serán fruto de tendencias que ya estaban en marcha antes del virus, y nos encontraremos con temas recurrentes como la violencia fundamentalista y el drama de la inmigración, con el riesgo de que las tentaciones autoritarias que ahora se advierten no hagan sino redoblarse. Que la pandemia no nos debilite: encerrados en la prioridad sanitaria no podemos olvidar nuestra condición ni perder el mundo de vista. Y en esta dirección deben empujar las humanidades.