#8 / Noviembre-diciembre 2014

William Egginton

Nuestra libertad como límite al poder de la ciencia

Hace algunos años me pidieron que testificara como experto en el recurso de apelación de un caso ejemplar para el debate actual sobre el aborto en EE. UU. El abogado que contactó conmigo había emprendido una demanda contra un estatuto de Idaho, el de la «Ley de protección del bebé nonato capaz de sentir dolor» (Código de Idaho, Sección 18-501 desde 18-510), y otros similares, que citan descubrimientos neurocientíficos sobre la percepción del dolor del feto como justificación para prohibir el aborto antes incluso de la viabilidad fetal.

A pesar de no ser un experto en neurociencia, mi interés por el tema me permitía saber que la tesis del dolor fetal en estadios tan tempranos era, cuando menos, cuestionable. Tal como lo expresó en 2005 el autor del informe de un estudio clínico en el Journal of the American Medical Association, «Las evidencias de que exista una percepción fetal del dolor son limitadas y señalan que antes del tercer trimestre es muy poco probable». Si hay un consenso general en torno a esta cuestión, ¿por qué llamar como testigo experto a un investigador del ámbito de las humanidades en vez de a un neurocientífico? 

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