#40 / Marzo-Abril

Editorial

Pluriarquía: mirando al futuro

Josep Ramoneda

© Esperança Rabat

Con razón Daniel Innerarity propone sustituir el concepto de soberanía por el de pluriarquía. Soberanía y fronteras componían los límites del Estado-nación moderno, pero en la medida en que este ha sido desbordado por las fuerzas de la tecnología y de la globalización (son muchas las redes que se crean sobre este ancho mundo) es hoy una categoría en revisión. Quién manda y quién tiene la última palabra ha adquirido una complejidad que difícilmente es susceptible de ser reducida a la idea de soberanía política moderna. El universo digital, el poder del algoritmo, el capitalismo posfinanciero global y los cambios naturales en la era del Antropoceno obligan a repensar de nuevo el concepto de soberanía y su significación política, social e incluso individual. A esta preocupación responde el encuentro en el CaixaForum de Girona del que publicamos las aportaciones de los participantes.

Soberanía es poder y el poder está en mutación en todas las escalas: desde la más elemental de las relaciones personales hasta la más global del sistema de relaciones internacionales y los mecanismos de poder transnacionales. De modo que la cuestión de la soberanía no sólo concierne al poder de los Estados sino a los propios derechos individuales de las personas y la correspondiente capacidad de empoderamiento. Introducir factores de complejidad a un concepto a menudo demasiado simplificado es avanzar en la configuración de los derechos y los deberes en el mundo que viene. Y no olvidemos que Estado-nación, soberanía y capitalismo industrial definieron el lugar de las democracias modernas. Con lo cual la cuestión de la soberanía lo es también de su futuro.

Un futuro hacia el que apunta Tomas Piketty con su teoría del socialismo participativo, en un intento de construir un relato para el tiempo que viene que permita unos escenarios de «desigualdad justa», una expresión que, aunque puede parecer una contradicción en los términos, refleja la idea de fondo del trabajo del economista francés: la de-sigualdad es inherente a la condición humana y la evolución de los pueblos es la lucha ideológica para imponer un relato y unas condiciones que la hagan sostenible. Piketty construye el suyo sobre la igualdad educativa y sobre la circulación de la propiedad, para superar la crisis de consenso social en unos sistemas que han llevado a las desigualdades más allá de lo soportable.

En estos momentos de cambio, en que el futuro está teñido de incertidumbre, la tentación de mirar al pasado, eterno recurso de los humanos, nos lleva a menudo a la gran transformación que vivió Europa en la primera mitad del siglo XX. Weimar y la Guerra Civil española son territorios que confirman que la historia nunca se repite pero sí que puede enseñarnos y advertirnos de sus excesos. Y si Susanne Heim nos habla de los judíos en Weimar, Núñez Seixas nos ofrece una imponente reflexión sobre la Guerra Civil española en clave Europa, preludio de la Segunda Guerra Mundial que sería la culminación de las destrucciones masivas de la retaguardia, deportaciones y limpiezas étnicas con muchísima mayor mortandad de civiles que de militares.

«Veneramos la naturaleza, pero estamos en guerra con ella.» Lo dice Santiago Beruete en un ensayo sobre los jardines que cierra este número. Y nos invita una vez más a reflexionar sobre nuestra relación con los organismos vegetales, en tiempos en que tanto el negacionismo como el catastrofismo pueden ser los árboles que nos impidan ver el bosque a la hora de trazar una justa relación con la naturaleza, nuestro medio.