#37 / Septiembre - Octubre

Editorial

Por un futuro encarnado

Josep Ramoneda

El feminismo y la salud planetaria son dos cuestiones centrales que determinarán nuestro futuro. Atrapados en una especie de presente continuo, la aproximación al mundo que viene no se nos aparece en la forma de la ilusión del progreso (por más que las nuevas tecnologías nos acechen con mil y una fantasías) sino a partir de interrogantes que plantean cambios profundos en nuestras sociedades.
El feminismo es hoy probablemente la apuesta más subversiva que hay en la sociedad, entendiendo como tal un cambio que afecta radicalmente a las relaciones sociales de poder. La inacabable hegemonía del patriarcado se siente amenazada a medida que las mujeres van conquistando derechos y reconocimiento. Pero queda mucho por hacer y mucho por pensar, después del gran salto que ha dado el feminismo en los últimos años movilizando a una parte muy importante de la población y con capacidad para marcar de modo creciente la agenda política y social. Los artículos que hoy publicamos, si tienen un denominador común es lo que yo llamaría el feminismo encarnado que, como dice la propia Carolina del Olmo, «muestra la vulnerabilidad como terreno común que compartimos todas las personas». Y que sitúa en el centro de su reflexión la experiencia vital de las mujeres, desde la maternidad hasta la cultura de los cuidados, pasando por el trabajo, la política y la amistad. La vida como plataforma desde la que afrontar los debates teóricos y las acciones prácticas para encontrar formas más justas de vivir y convivir. Una actitud que no traza barreras sino que aspira al feminismo del 99%, en expresión de Inés Campillo.
«¿Hasta qué punto podemos mantenernos sanos en un planeta enfermo?», se pregunta Rafael Vilasanjuan en la apertura de los artículos sobre salud planetaria. Si algo está claro en un horizonte marcado por la incertidumbre es que el planeta seguirá su camino pero el destino de nuestra especie está amenazado por el comportamiento suicida en que estamos instalados: nosotros mismos destruimos las condiciones naturales para que la humanidad sea viable. Y entre la actitud negacionista de unos y lo mucho que nos queda todavía por saber, el proceso se acelera y el horizonte oscurece.
Una cosa es cierta: de la salud planetaria depende el bienestar de las futuras generaciones. Y, por tanto, la asociación de estos conceptos define un marco mental que hace posible el encuentro entre los discursos científicos y las humanidades, imprescindible para construir sentido y apelar a la responsabilidad colectiva. De ahí la apuesta de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona por el concepto de bienestar planetario como una invitación a la transversalidad, como explica su rector Jaume Casals: «puesto que las distintas escuelas tienden a mirarse entre sí sólo de reojo, cabría sugerir miradas más francas y abiertas […] buscando diagonales entre las burbujas herméticas de cada ámbito científico». Lo que puede traducirse también como una interpelación a la política que encallada en las disputas del presente parece renunciar al futuro.
No es casualidad que estos dos temas –el feminismo y la salud planetaria– junto con la inmigración concentren todas las fobias de la oleada de radicalización autoritaria de parte de la derecha en las democracias occidentales. Saben que son cuestiones que afectan directamente a las relaciones y a los equilibrios de poder. Y prefieren negarlas o rechazarlas –a riesgo de llevarse la civilización por delante– antes que reconocer la realidad y afrontar la verdadera revolución que la supervivencia de la especie reclama. Y así se empeñan en decir que no hay problema, y en satanizar a los que levantan la voz. Ante ello, no hay derecho a callarse. Y hay que reivindicar la necesidad de trabajar para el futuro, por mucho que la precaria condición de un ser contingente que quema su vida en unas pocas décadas genera resistencias a pensar a largo plazo. Incluso cuando la amenaza está ya en el próximo cambio de calendario.