#11 / Mayo-Junio 2015

Victoria Camps

Producir círculos virtuosos

para afianzar el Estado social

Estamos asistiendo a una crisis institucional sin precedentes en la corta historia de la democracia española. Las encuestas no han dejado de reflejar, en los últimos años, que la confianza de la ciudadanía en el gobierno, el parlamento, la judicatura, los partidos políticos, los sindicatos y cualquier otra institución pública o semipública se encuentra bajo mínimos. Es una obviedad añadir que si las instituciones merecen poca credibilidad es porque no hacen lo que deberían hacer, no cumplen sus objetivos y funcionan mal. Significa que no es visible su misión fundamental de agentes al servicio del bienestar colectivo. Al contrario, la acumulación de casos de corrupción sólo pone de relieve que el interés privado se antepone al interés público. En la sociedad impera una ética individualista extrema, según la cual cada persona tiene derecho a buscar su bien siempre que éste no interfiera en la libertad de los demás, una ética que no merece tal nombre puesto que deriva en conductas parciales e interesadas, que aprovechan los resquicios de la legalidad para burlar la propia ley y actuar sólo en provecho propio. 

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