#33 / Enero - Febrero

La servidumbre voluntaria

Sirviendo a lo irreal

Ivan Cantero Muñoz

«Hemos creado fantasías y luego hemos luchado por hacerlas realidad. Todo lo que se halla a vuestro alrededor ahora mismo tuvo su origen en la mente de alguien. Al crear dioses, diosas, héroes y heroínas, intentábamos ser como ellos, extender nuestras personalidades a través de la imaginación pura.» Alan Moore, Promethea. © Vertigo/DC comics. All rights reserved

Es el año 532 de nuestra era; como siempre que se celebran carreras en el hipódromo están presentes casi todos los ciudadanos de Bizancio más el propio basileus Justiniano. Como era común en aquellos tiempos se encuentran en las gradas los demos, facciones de ciudadanos vinculados a un equipo de aurigas que, como los equipos de deportes de competición contemporáneos, se distinguían por el cromatismo de sus uniformes. Originalmente eran los Rojos, Blancos, Azules y Verdes pero en los tiempos de Justiniano fueron delimitados a Azules y Verdes. Las peleas entre miembros de ambos demos eran frecuentes en las calles de la gran urbe y Justiniano se encontró con que, durante una ejecución de siete miembros de dichas facciones, dos lograron escapar cuando sus sogas se partieron. Así que ese día los Verdes y los Azules empezaron a alborotar con increpaciones al basileus cuando este se negó a amnistiar a los dos reos para luego durante la vigésimo segunda carrera pedir a un pregonero que ordenara el silencio de estos y, en caso de que incrementaran el jaleo, que se les respondiera con la misma violencia verbal. El resultado de tan cívico diálogo fue un estallido de violencia que engulló la ciudad en unos disturbios que posteriormente serían nombrados como la revuelta de Nika (¡victoria!), que era el grito de guerra de los simpatizantes de los aurigas, que cerca estuvieron de provocar la huida de Justiniano y de coronar a uno de los sobrinos de Anastasio si no hubiera intervenido un joven Belisario al mando de 3.000 soldados que decapitaron la revuelta al acorralar a los cabecillas en el mismo lugar donde empezó todo, el hipódromo. Hasta los eventos de la revuelta de Nika, los demos llegaron a amasar el suficiente poder como para disponer de milicias (la facción de los Verdes podía desplegar 1.500 hombres) que llegaban a contribuir en la defensa de las murallas de Bizancio durante el convulso periodo de las invasiones eslavas-ávaras y del Imperio sasánida en el año 626, aparte de realizar una labor policial más cercana a la extorsión y la intimidación que a una verdadera disposición cívica por el orden. ¿Cómo era posible esto? En el periodo republicano de Roma, los ludi eran tan sólo propaganda política para impulsar el cursus honorum de un ciudadano ambicioso con miras hacia la cátedra de cónsul; la idea de que los seguidores de un gladiador o un auriga pudieran amasar el poder popular que los demos bizantinos llegaron a tener en el siglo vi como para amenazar la posición de poder de un mandatario hubiera sido material para una comedia de Plauto. Los entretenimientos de masas de la Antigüedad eran una herramienta de subyugación, algo que Étienne de la Boétie bien expone en su Discurso de la Servidumbre Voluntaria:

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