#34 / Marzo - Abril

Catalunya - España: ¿Qué nos ha pasado?

Sobre el nacionalismo banal

Luisa-Elena Delgado

Manifestación contra la independencia de Cataluña, el 2 de diciembre de 2017, en la confluencia de las calles Caspe y Cerdeña, en la sede de la CUP, en Barcelona. © Eduard Valera Zorita

El concepto de nacionalismo banal lo acuñó Michael Billig en 1995, en un libro que rápidamente se convirtió en un clásico. Al igual que Benedict Anderson lo hiciera con el clásico Comunidades imaginarias (1983), Billig cambió el paradigma de las investigaciones sobre el nacionalismo al desplazar el foco del análisis: no qué es una nación, ni cuándo se forma, sino cómo se mantiene. Billig, un sociólogo especializado en cuestiones de teoría y discurso aplicadas a la psicología social, no era experto en nacionalismo. Llegó al tema a través de un trabajo suyo anterior sobre la familia real inglesa y su relación con el imaginario cultural nacional del país. De ahí pasó a plantearse cómo se reproduce y se internaliza la pertenencia nacional. Para ello, había que considerar no sólo las políticas estatales explícitas, o las circunstancias excepcionales de nacionalismo «vehemente» (por ejemplo, el conflicto bélico o las grandes celebraciones deportivas), sino también la manera en que esa pertenencia está inscrita en la vida cotidiana y marca nuestra localización en el mundo, por mucho que a menudo pase desapercibida. El término «banal» utilizado por Billig ha sido objeto de numerosos comentarios posteriores. En realidad, él se refería a la manera en que ciertas prácticas y símbolos se perciben y se naturalizan como algo rutinario y que, por tanto, puede pasar desapercibido (las figuras en los sellos, por ejemplo; las banderas de los edificios públicos; los mapas del tiempo, la referencia discursiva a un «nosotros» asumido como evidente). De hecho, él mismo alude a la utilización de la palabra por Hannah Arendt, subrayando cómo los efectos de la banalidad pueden ser sumamente perversos.

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