#52 / Mayo-Junio 2022

Ucrania: ¿una nueva guerra mundial?

Ucrania: las guerras de la memoria antes de la guerra

Xosé Manoel Núñez Seixas

Víctima del Holodomor en una calle de la ciudad ucraniana de Járkiv. Esta fotografía fue tomada en 1933 per Alexander Wienerberger, un ingeniero químico austriaco que trabajaba en la URSS. El Holodomor («matar de hambre»), también conocido como Genocidio ucraniano u Holocausto ucraniano, es el nombre atribuido a la hambruna que devastó el territorio de la República Socialista Soviética de Ucrania, Kubán, Ucrania Amarilla y otras regiones de la URSS, en el contexto de la colectivización de la tierra emprendida por la URSS, durante los años de 1932-1933,
en la cual habrían muerto de hambre entre 1,5 y doce millones de personas.
© Alexander Wienerberger/Diocesan Archive of Vienna (Diözesanarchiv Wien)/BA InnitzerJorge

Vladímir Putin ha invocado como legitimación histórico-política de su invasión de Ucrania dos argumentos: la necesidad de «desnazificar» el gobierno de Ucrania, y la «artificialidad» de la nación ucraniana, un invento bolchevique a partir de retales de diversos territorios que serían histórica y culturalmente rusos. Los nazis ucranianos estarían ofendiendo la memoria de los millones de ciudadanos soviéticos que sacrificaron su vida para defenderse del fascismo y librar de él a toda Europa.

No es una afirmación sorprendente. El presidente ruso hace desde principios del siglo xxi un uso estratégico del recuerdo de la Segunda Guerra Mundial, con el fin de defender sus intereses en política exterior dentro del gran juego de la geopolítica mundial. Reinterpreta así la remembranza de la Gran Guerra Patriótica de 1941-1945 en términos similares a los de la época de Brézhnev. La victoria contra Hitler habría sido una hazaña del pueblo ruso en su conjunto, por encima de Stalin y del comunismo. La invasión de Polonia, Finlandia y los países bálticos en 1939-1940 se eluden, al igual que los enormes costes en vidas soviéticas de las decisiones fallidas de Stalin. El sacrificio del pueblo ruso/soviético en 1941-1945 constituiría una advertencia frente a cualquier amenaza real o supuesta, sea la OTAN, sean las antiguas periferias de la URSS. En su discurso del Día de la Victoria (9 de mayo de 2021), Putin denunciaba las «nuevas variantes» del nazismo y a quienes tenían las «manos manchadas de sangre rusa». Parecía retórica patriótica de consumo interno. En febrero de 2022 se reveló como una advertencia real: un ultimátum envuelto en ropajes históricos.

Sin duda, y de modo mucho más intenso que en Bielorrusia, la disputa por la resignificación de la memoria de la Gran Guerra Patriótica arreció en la Ucrania independiente desde 1991. Las visiones del pasado se entrecruzaban con la diversidad lingüística, cultural e identitaria del país. El debate era más enconado en la parte occidental del país, en particular en Galitzia y Volinia –integradas en el Imperio austrohúngaro hasta 1918, y después en la Primera República polaca hasta 1939–, donde con más fuerza se preservaron el idioma ucraniano como el sentimiento nacionalista.

Un primer síntoma fue la mitificación de los nacionalistas radicales del periodo de entreguerras, opuestos a la URSS. Muchos de ellos se habían exiliado en los años treinta, y fueron atraídos a la órbita profascista de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN) fundada en 1929. Liderados por el carismático Stepán Bandera, muchos nacionalistas ucranianos entraron en su país en junio de 1941 como unidades auxiliares de las tropas nazis. El 30 de junio de ese año tuvo lugar en Leópolis (Lviv) una proclamación simbólica de la independencia de Ucrania, inspirada en la del Estado Independiente de Croacia, que incluía además un juramento de lealtad a Hitler. El acto ha sido visto por algunos historiadores como un precedente de la independencia de 1991.

Los alemanes hicieron caso omiso de la declaración, apresaron a Bandera y varios de sus seguidores y los internaron en el campo de Sachsenhausen. La jerarquía racial nazi hacía pocos o ningún distingo entre los eslavos. En los años siguientes, los ucranianos como colectivo no fueron tratados por los ocupantes mucho mejor que los rusos o los bielorrusos. Más de dos millones fueron deportados a Alemania para desempeñar trabajos forzados, y las represalias contra la población civil fueron habituales. El mayor porcentaje de víctimas civiles soviéticas en la guerra corresponde a los ucranianos.

Divididos en dos facciones, los partidarios de Bandera siguieron diversos caminos violentos. Muchos de ellos colaboraron con los nazis en el exterminio de los judíos; otros combatieron contra los partisanos soviéticos, los resistentes polacos, y al final contra los ocupantes tudescos. Los fieles a Bandera, en su mayoría adiestrados por los nazis o colaboradores de sus unidades auxiliares, tomaron el liderazgo a su vez de la rama paramilitar del movimiento, el Ejército Insurgente Ucraniano (UPA) fundado en 1942, que también reclutó combatientes por la fuerza. Alrededor de un millón de combatientes no germanos lucharon en Ucrania en la Wehrmacht y otras unidades afines. En 1943 los guerrilleros nacionalistas ucranianos llevaron a cabo además una brutal masacre contra la población civil polaca en la disputada región de Volinia, para proceder a una radical limpieza étnica; al año siguiente también fueron responsables de varias matanzas de habitantes polacos de Galitzia oriental. Tras 1945 algunos grupos de la UPA prosiguieron su resistencia guerrillera contra los soviéticos por varios años. Stepán Bandera se refugió en Alemania occidental, hasta que fue asesinado por el KGB en 1959. Su tumba en Múnich se convirtió en un lugar de peregrinación de la diáspora ucraniana.

Tras 1945 Stalin concedió, no sin recelos, cierto espacio a los héroes ucranianos de la Gran Guerra Patriótica en la política conmemorativa de Kiev y otras ciudades. Jrushchov pretendía recrear la imagen de una Ucrania plenamente identificada con el bando soviético. Además de reprimir a los nacionalistas, se erigieron diversos monumentos a los soldados del Ejército Rojo, a la victoria de 1945 y a hechos de armas concretos, pero también se recordó a varias víctimas notables de la OUN y la UPA. Dos ciudades, Kuznetsov y Vatutine, recibieron el nombre de prominentes «mártires» con rango de Héroes de la Unión Soviética, que habían sido asesinados por nacionalistas ucranianos. Mientras tanto, la memoria de la OUN y la UPA, que lucharon contra nazis y soviéticos, se mantuvo en las comunidades ucranianas exiliadas de Norteamérica, Australia y Europa Occidental. Silenciaban el antisemitismo militante de muchos combatientes nacionalistas, a menudo mediante la falsificación de documentos y testimonios, y convirtieron a Stepán Bandera en un símbolo de resistencia antisoviética, con una conveniente pátina de antifascismo, pues destacaban los padecimientos del líder de la OUN a manos nazis.

La labor publicística de los exiliados nacionalistas fue fundamental para el mantenimiento de esos mitos, y varios escritores que divulgaron la visión de una Ucrania víctima de dos ocupantes empeñados en exterminarla. Desde la década de 1970 el énfasis se situó no tanto en los años de la guerra como en la propaganda de la hambruna de 1932-1933, el Holodomor, insistiendo en su carácter de genocidio étnico dirigido exclusivamente contra Ucrania, e inflando el número de víctimas a seis millones. Y ya desde la década de 1980 varios de esos mitos hallaron un eco en la propia Ucrania soviética, donde los disidentes nacionalistas buscaban referencias en el pasado reciente que contrarrestasen la visión «moscovita» de la Gran Guerra Patriótica. Asimilaron la reivindicación de la memoria de la OUN y la UPA a valores como la libertad de pensamiento, la democracia y la pluralidad de la memoria histórica.

Bandera se convirtió en el símbolo por antonomasia de la restauración nacionalista tras 1991. Ya en 1990, cuando numerosos alcaldes nacionaldemócratas fueron elegidos en el oeste de Ucrania, se inauguraron monumentos al mártir, se cambiaron nombres de calles, y los veteranos de la UPA y otros grupos fueron objeto de reconocimiento público. En la localidad natal de Bandera, Staryi Uhryniv, se erigió un primer monumento en 1990, que fue demolido por sus detractores dos veces, hasta que se inauguró el actual, junto a una apologética casa-museo. A él se sumaron en diversas localidades tres museos más sobre el líder de la OUN. A pesar de las protestas de las asociaciones de veteranos ucranianos del Ejército Rojo, que denunciaban la banderización del país como sinónimo de fascismo, esa idealización se extendió a buena parte del resto de Ucrania tras la independencia alcanzada en diciembre de 1991. La rehabilitación simbólica de Bandera, del también dirigente de la OUN y la UPA Román Shujévych, y sus seguidores se reflejó en su inclusión en los libros de texto. Empero, también se registraron algunas iniciativas para presentar a los combatientes ucranianos del Ejército Rojo como adalides implícitos de la soberanía del país.

En los primeros años de andadura independiente de la República de Ucrania, bajo la presidencia de Leonid Kravchuk, el Parlamento de Kiev instituyó una comisión para dilucidar los hechos de armas y crímenes de la UPA y la OUN, cuyas conclusiones se demoraron por varios años. Mientras tanto, los gobiernos municipales de Ucrania occidental siguieron su propio criterio, tributaron homenajes e incluso concedieron pensiones para los excombatientes nacionalistas de 1941-1950. Rechazaban además celebrar el 9 de mayo como Día de la Victoria, convirtiéndolo en un día del duelo. Varios municipios conmemoraron de modo alternativo cada 14 de octubre la fundación de la UPA en 1942.

La tendencia se moderó de forma notable durante el periodo de gobierno del presidente Leonid Kuchma (1994-2004), quien promovía un nacionalcomunismo pragmático y bilingüe, y una buena vecindad con Rusia. Durante su mandato priorizó la memoria de una Gran Guerra Patriótica «ucranizada», que presentaba la República Socialista Soviética de Ucrania (1945-1991) como un precedente directo de la plena soberanía, que había unificado a todos los ucranianos antes dispersos entre Polonia, Checoslovaquia (Rutenia subcarpática) o Rumanía (Bukovina). También los 4,5 millones de combatientes ucranianos del Ejército Rojo y los varios miles de partisanos prosoviéticos habrían luchado a su manera por la nación ucraniana. Se destacaba ahora además el alto tributo pagado en vidas civiles por Ucrania bajo la ocupación nazi.

Los equilibrios memorialísticos se acompañaban de oportunismo político. En la celebración del 9 de mayo de 1995 el presidente ucraniano rememoró la pasada solidaridad de los pueblos soviéticos como fundamento de la victoria, pero también el relevante papel desempeñado por Stalin, el Ejército Rojo y el Partido Comunista. Tres años más tarde, Kuchma no vaciló en instituir el 26 de noviembre como día del recuerdo del Holodomor, y señaló a Stalin como un abyecto genocida. En el año 2000 el 55.º aniversario de la victoria fue declarado fiesta nacional, y también se instituyó un Día del Partisano. Tres años después el gobierno de Kiev concedía el título honorífico de héroe de Ucrania a Avgustin Voloshin, presidente de la efímera República de la Rutenia subcarpática entre el 15 y el 18 de marzo de 1939. Voloshin era una víctima del estalinismo, pues acabó sus días en una cárcel moscovita en 1945.

En el empeño por nacionalizar la Gran Guerra Patriótica, el gobierno de Kiev rescató del olvido a personajes secundarios que adquirieron gran relevancia simbólica. Fue el caso del soldado que supuestamente izó la bandera roja sobre el Reichstag en mayo de 1945, el ucraniano Olkegsii Kovaliov, quien no había sido debidamente reconocido por la narrativa soviética, que insistía en que los soldados que fueron inmortalizados por la cámara del fotógrafo de guerra Yevgueni Jaldéi eran un daguestano y un bielorruso. Esa contumacia tenía que ver, en parte, con la paranoia de Stalin contra Ucrania.

El gobierno de Kuchma subrayaba así que la gran guerra patria lo había sido también del pueblo ucraniano. Lo respaldaba una parte de las asociaciones de veteranos del Ejército Rojo que habían declarado su apoyo a la Ucrania independiente. La contienda era ahora denominada Segunda Guerra Mundial o conflicto germano-soviético, con inicio oficial el 17 de septiembre de 1939, cuando la URSS invadió territorios ucranianos bajo soberanía polaca. Y el relato dominante sostenía que la sangre derramada habría unido los destinos de los soldados de la UPA, los partisanos soviéticos y los combatientes ucranianos del Ejército Rojo. Así se expondría en la narrativa del Museo Nacional de la Historia de Ucrania en la Segunda Guerra Mundial de Kiev, nueva denominación desde 2015 del Museo de la Gran Guerra Patriótica que había sido inaugurado en 1981, en tiempos de Brézhnev, en el complejo memorial presidido por una gigantesca estatua de la Madre Patria, y el monumento al cruce del río Dniéper por el Ejército Rojo.

No obstante, durante la etapa de la «revolución naranja» (2003-2004), bajo los gobiernos del presidente Víktor Yúshchenko y la primera ministra Yulia Timoshenko, se retornó en parte a la narrativa etnonacionalista, con el apoyo del Instituto de la Memoria Nacional, organismo estatal cuya misión era elaborar y difundir las versiones oficiales del pasado nacional. Ucrania habría sido víctima de una masacre a manos de dos totalitarismos que se disputaban los recursos del país. Eso se combinaba con la rehabilitación simbólica de todos los «luchadores por la independencia», incluyendo a la OUN, la UPA y los voluntarios que se sumaron a la División Galizien N.º 1 de las Waffen SS. También se negaban las tendencias antisemitas predominantes dentro de esas organizaciones, y el Holodomor de 1932-1933 se interpretó de forma unívoca como un genocidio, deliberadamente perpetrado por Stalin. En los libros de texto se abrió paso una versión que ponía el acento en los precedentes de la independencia de Ucrania, tanto en 1918 como en 1941, y en el protagonismo de Bandera y Shujévych.

Desde los años noventa varios municipios de Ucrania occidental habían erigido diversos monumentos en memoria de Stepán Bandera, retratado de pie, con un estilo que recuerda a Lenin, y casi siempre demacrado, tras salir del campo de concentración nazi. Tras múltiples disputas, sólo en 2007 el consistorio de Leópolis inauguró un memorial dedicado a Bandera, que lo representaba ante cuatro columnas que simbolizarían las «cuatro fases» de la nación ucraniana: el Rus de Kiev, el periodo cosaco, la república ucraniana de 1918-1921, y la non nata república de 1941. En el museo de historia de la ciudad se exhibían uniformes y fotos de los voluntarios ucranianos de las Waffen SS, aunque desprovistos de símbolos nazis. Y la tumba en la Colina de la Gloria, cercana a la ciudad, del guerrillero y agente soviético Nikolái Kuznetsov, ejecutado por miembros de la UPA y mitificado en el periodo soviético, fue vandalizada en diversas ocasiones.

Las polémicas no pararon ahí. En octubre de 2007 el gobierno de Yushchenko concedió a Román Shujévych el título de «héroe de Ucrania». La polémica arreció: Shujévych había sido objeto de acusaciones internacionales a causa de su antisemitismo, y su figura causaba un fuerte rechazo en Polonia, a causa de las actividades terroristas que había desarrollado en Galitzia oriental durante los años treinta. Dos años más tarde el centenario del nacimiento de Stepán Bandera se conmemoró con un sello postal temático. En 2010 también se le otorgó el título póstumo de «héroe de Ucrania», lo que desencadenó agrias reacciones en Ucrania central y oriental. En la parte occidental, por el contrario, Bandera se convirtió en un símbolo casi indiscutido y en un icono de la cultura juvenil alternativa.

La narrativa nacionalista del pasado reciente ucraniano contribuyó así a polarizar la cartografía de las memorias colectivas, incidiendo en la heterogeneidad y división social de un país plural desde el punto de vista etnolingüístico e identitario. Pues a ella y a sus símbolos se oponían de modo frontal tanto el Partido Comunista –después ilegalizado– como buena parte de la población rusófona y prorrusa, concentrada sobre todo en Ucrania central y oriental, que de forma muy mayoritaria había también votado por la independencia en 1991. En esas regiones los memoriales erigidos en recuerdo de la OUN y la UPA en los años noventa fueron a menudo objeto de vandalismo, o retirados sin más por los gobiernos municipales dominados por partidos opositores a Yushchenko, como el Partido de las Regiones. Como respuesta a la banderización de Ucrania, en muchas localidades se restauraba la remembranza institucionalizada, y más o menos nacionalizada, de la Gran Guerra Patriótica. En ocasiones se llegó a erigir de nuevo monumentos a Stalin. O simplemente se otorgaba un mayor peso a las narrativas locales del conflicto, con ecos del culto memorial de posguerra. Así ocurría en ciudades como Simferópol y Járkiv, cuya población es abrumadoramente rusófona y rusófila.

Tras la revuelta popular del Euromaidán entre noviembre de 2013 y febrero de 2014, dirigida contra el gobierno prorruso de Víktor Yanukóvich y su Partido de las Regiones, y el subsiguiente enfrentamiento soterrado con la Federación Rusa, que se anexionó en la práctica la península de Crimea y apoyó la rebelión armada en la región del Donbás, la revisión de la historia de la Ucrania soviética adquirió de nuevo tonalidades nacionalistas. La polarización y fragmentación de las memorias colectivas en Ucrania sufrió así un nuevo impulso. La escalada de tensión diplomática con Rusia desde 2019 también ha acentuado esa división sobre el recuerdo de la contienda de 1941-1945, que fue a su vez instrumentalizada en una auténtica «guerra digital» de la memoria por parte del Kremlin. En 2015 el gobierno presidido por Petró Poroshenko, de impronta nacionalista, aprobó la llamada Ley de Descomunización. Su objetivo era la completa des-sovietización simbólica de Ucrania, y sus medidas incluían la supresión de símbolos comunistas –equiparados a los nazis en nombre del concepto de totalitarismo– en espacios públicos, cambios de nombres de escuelas y calles, de ciudades y pueblos. La tarea se consideraba finiquitada tres años después. Se rebautizaron más de 51.000 calles, al igual que 32 ciudades y 955 localidades; cientos de estatuas del periodo soviético fueron retiradas o sustituidas. Un año antes se había decidido eliminar el término Gran Guerra Patriótica –que había caído en desuso– de todas las publicaciones oficiales y textos escolares, sustituyéndolo por el más neutro de Segunda Guerra Mundial. Esa medida causó protestas del Kremlin y de muchos ucranianos rusófonos. Empero, los monumentos a los caídos situados en cementerios, y los cenotafios, placas o estelas dedicadas al conflicto de 1941-1945, fueron dejados al margen de la «descomunización».

La Ley de Descomunización llevaba la impronta del polémico historiador revisionista y nacionalista militante Volodímir Viatrovich, director por un tiempo del Instituto para el Estudio del Movimiento de Liberación de Leópolis, así como del Instituto de la Memoria Nacional de Kiev. Viatrovich, ardiente defensor en sus libros de la ejecutoria honorable de la UPA y la OUN, ya había propuesto dos controvertidas leyes sobre la memoria histórica el año anterior. En su articulado se reconocía a los antiguos militantes de ambas organizaciones el rango honorífico de «luchadores por la independencia de Ucrania», se declaraba ilegal toda crítica –histórica o publicística– hacia ellos, y se prohibía la difusión y exhibición pública de símbolos soviéticos y nazis, un postulado que sería recogido por la Ley de Descomunización aprobada meses después. Sin embargo, el mismo Viatrovich declararía en 2015 que la ostentación por neofascistas ucranianos del símbolo de la División Galizien de las Waffen SS –un león amarillo en fondo azul, rodeado por tres coronas– no era motivo de delito por no incluir símbolos nazis.

Por el contrario, el gobierno de Kiev prohibió la exhibición pública de la cinta con los colores de san Jorge, en origen un recuerdo de la victoria contra el nazismo y muy popular en las conmemoraciones de la Gran Guerra Patriótica en la vecina Rusia. Era ahora reinterpretado como un símbolo por excelencia del «fascismo ruso» y del nacionalismo irredentista procedente del indeseado vecino del norte. Para contrarrestar su popularidad, en 2015 se instituyó de modo oficial un símbolo propio para rememorar a todas las víctimas de 1939-1945 en Ucrania, con la leyenda «nunca más». La espiral de radicalización histórico-simbólica constituía, en cierto sentido, un espejo invertido de las tendencias predominantes en la contemporánea Rusia de Putin, que también incluyeron la adopción de leyes restrictivas que establecían penas para quien equiparase a los contendientes de la Segunda Guerra Mundial.

A pesar de esas tendencias, la política de la memoria del gobierno de Kiev también otorgó en los dos últimos años un mayor espacio a las víctimas judías del Holocausto en Ucrania. A eso contribuyó el relevo en la presidencia del país en abril de 2019 por Volodímir Zelenski, un actor de origen judío y procedente del sureste rusohablante, que se hizo precisamente famoso por una serie de ficción en la que encarnaba a un profesor de Historia que se confrontaba con los mitos nacionales ante su alumnado. A las víctimas hebreas se habían dedicado ya decenas de monumentos en todo el país, a iniciativa de asociaciones judías, activistas locales y gobiernos municipales. Se compensaba así el olvido a que habían sido relegadas en época soviética –para evitar «privilegios» fueron etiquetadas como «civiles soviéticos indefensos»– como en los primeros lustros de la independencia, cuando en Ucrania o en los países bálticos los judíos eran vistos como un elemento ajeno a la nación. Un buen ejemplo fue la iniciativa para convertir el barranco de Babi Yar, cerca de Kiev, en un lugar de memoria compartido. El memorial inaugurado en 1967 en recuerdo de las más de 30.000 víctimas no mencionaba de forma explícita a los hebreos. Sin embargo, en la matanza de septiembre de 1941 no sólo perecieron miles de judíos, sino también decenas de romaníes, cautivos del Ejército Rojo, discapacitados mentales e incluso algunos nacionalistas ucranianos. Los proyectos para edificar un gran centro memorial, el Babyn Yar Holocaust Memorial Center, con el asesoramiento de expertos extranjeros y financiación en parte rusa, tropezó con la oposición de una parte de los historiadores ucranianos, que presentaron su propio proyecto alternativo.

De forma tan paradójica como significativa, a fines de febrero de 2022 el memorial de Babi Yar fue destruido por las bombas rusas. Un espacio del recuerdo antifascista por excelencia, que rememoraba a miles de víctimas indefensas, fue destruido por quienes hacen del antifascismo una supuesta bandera. Una muestra más de que la memoria, a fuer de maleable e interpretable, es también manipulable o ignorada cuando conviene. Si los sucesivos gobiernos ucranianos desde 1991 se han caracterizado por una política de la memoria pendular, Babi Yar era uno de los espacios de consenso que más podía aproximar las distintas sensibilidades confrontadas. Pero en el momento de escribir estas páginas, se ha tornado evidente que las plurales memorias de los ciudadanos rusófonos de Ucrania y sus distintos referentes en el pasado no implicaban necesariamente, ni en todas las regiones del país, un deseo de reunificación con Rusia, ni una nostalgia de la URSS, ni mucho menos un tutelaje de un hermano mayor amenazante. Nada más lejos de la realidad que ver la sociedad ucrania como un vivero de revisionistas pronazis. Vladímir Putin ha invadido Ucrania apelando a la «des-banderización» del país; pero sus propósitos son, sin duda, de otra naturaleza.

Este artículo se inscribe en el proyecto Enhancing Social Cohesion through Sharing the Cultural Heritage of Forced Migrations (H2020-870939-SO-CLOSE), financiado por la Comisión Europea.