#51 / Marzo-Abril 2022

Alan Pauls

Usos del presente

© Javi Royo, www. javirroyo.com

Vivo hace dos años y medio en Berlín, y de las muchas cosas que me sorprendieron de mi nueva ciudad, pocas tan sorprendentes para mí como el tiempo que se dedica en Berlín a hablar del tiempo. No es tanto tiempo, en realidad. No es una cuestión de cantidad sino de puntualidad, de inexorabilidad. En Berlín no hay conversación que no empiece con una subconversación sobre el tiempo que hace. Se habla del tiempo siempre, no importa el tiempo que haga. En rigor, el tiempo que hace real, el que hace en ese ahora en el que se habla de él, no tiene mucha importancia. Es Berlín, después de todo, y en Berlín el tiempo es malo siempre. O sólo importa si inspira maneras de comentarlo más o menos ingeniosas, sutiles, matizadas. Es todo un género, describir el tiempo. Un género de todos los días, al menos en Berlín, pero no por eso desdeñable. Hay mucho que observar y comentar, demasiadas variables, múltiples combinaciones posibles. La luz, la calidad del aire, la forma de las nubes, el color del cielo, la densidad de la lluvia, el movimiento arremolinado del viento –por no hablar del desasosiego, la melancolía, el entusiasmo y todas esas traducciones subjetivas de los fenómenos climáticos que a Buenos Aires, la ciudad de la que vengo, le gusta confinar en la escurridiza categoría de sensación térmica, desde donde ejercen su poder de sugestión. Los berlineses no son tan autocomplacientes. No creen en la sensación –al menos a la hora de hablar del tiempo. Eso los hace menos volátiles pero también más prosaicos. No encuentran mucho que decir sobre la forma de las nubes; ni hablar sobre el desasosiego, la melancolía o la euforia, tópicos dignos de ser tratados, no de charlas al paso entre vecinos.

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