#7 / Septiembre-octubre 2014

Editorial

Verdades que se tambalean

Josep Ramoneda

Owen Jones se pregunta: «¿Cómo es posible que, en unas democracias donde prácticamente todos los adultos tienen derecho al voto, la riqueza y el poder puedan estar concentrados en manos de tan poca gente?». En el fondo, es la cuestión más recurrente de la filosofía política, desde que Étienne de la Boétie la formuló en 1548 en estos términos: «Me gustaría que me hicieran comprender cómo es posible que tantos hombres, tantas ciudades, tantas naciones, lo soporten a veces todo de un tirano solo, que no tiene otro poder que el que se le da, que no tiene capacidad de perjudicarles más que en la medida en que ellos quieren soportarle, y que no podría hacer ningún mal si no prefirieran sufrirlo todo de él antes que contradecirlo». Sobre esta interrogación la Boétie construyó el concepto de servidumbre voluntaria y señaló el hábito, las pirámides clientelares y el miedo como causas de esta sumisión. La pregunta es vieja, las respuestas sumamente actuales. «La sumisión de la mayoría a unos pocos es un hecho fundamental de toda organización social, que no ha dejado de sorprender a los que reflexionan un poco», escribía la filósofa Simone Weil.

Desde la proclama de Étienne de la Boétie se ha avanzado mucho en la comprensión de los mecanismos del poder, de la construcción de las hegemonías sociales, de la formación de los mecanismos de veridicción (para utilizar la expresión de Michel Foucault) que establecen verdades que no son de conocimiento, sino de obligación. Pero el debate revive cada vez que estas verdades se tambalean, que los paradigmas de legitimación del poder y de configuración de los referentes culturales del orden social se mueven. Si la pregunta por la servidumbre voluntaria está de regreso es por los efectos reveladores de la crisis que ha sacado a relucir la realidad encubierta por el modelo social y cultural vigente y ha puesto, por tanto, en cuestión el modo de dominación en curso. Se rompió la cultura de la indiferencia que había sido el gran éxito de la hegemonía ideológica surgida del paso del capitalismo industrial al financiero y del cambio de orden fruto del hundimiento de los sistemas de tipo soviético. Queda el clientelismo y el miedo, pero los ciudadanos han pasado, para utilizar la expresión de Galileo citada por Petros Márkaris, de «mirar boquiabiertos» a «ver». La ilusión alimentada en los últimos años de que todos éramos una inmensa clase media se ha fundido. Y la desconfianza está recorriendo Europa, con el peligro de una fractura entre élites y ciudadanía que podría saldarse con un deterioro todavía mayor de nuestras democracias.

André Glucksmann se pregunta de dónde viene este sentimiento de desastre que recorre Europa. Sobre ello reflexionan, desde diversas perspectivas, los autores del dossier sobre «el desconcierto europeo». Pero el cambio de paradigma en curso no sólo afecta a Europa: nuevas potencias irrumpen en un orden mundial que, a finales de los 80, algunos declararon cerrado para siempre bajo el control de Estados Unidos. Los retratos del pensamiento del presidente ruso Vladímir Putin y del presidente indio Narendra Modi nos recuerdan que no sólo de la tradición occidental vive el hombre. En fin, dentro de estas mutaciones de las ideas adquiridas, el problema de la desigualdad ha vuelto a la agenda pública mundial y mitos como la meritocracia y el valor redentor del trabajo están en cuestión. De ahí la entrevista con Piketty, en la vanguardia de este debate. Vivimos entre el principio del mal menor, con que las élites defienden su hegemonía, y la dificultad de construir proyectos políticos incluyentes, que devuelvan voz y poder a la ciudadanía.