#45 / Marzo-Abril 2021

Editorial

Vida, ciencia, educación

Josep Ramoneda

© Esperança Rabat

Si semanas antes del gran confinamiento negábamos todavía que la pandemia pudiera llevarnos a un recorte tan sensible de nuestras libertades, ni siquiera cuando los manifestantes pro Trump empezaban a ocupar Washington podíamos creernos que entrarían en el Capitolio con intención de arrasarlo. De modo que hemos entrado en una fase en que constatamos con perplejidad que las distopías no habitan en las novelas sino que a menudo se encarnan en la realidad, probablemente porque nos era más cómodo leerlas en clave lejana que asumir que lo que describen no es el futuro sino que nos alertan sobre nuestro presente.

En consecuencia, hemos redescubierto algo esencial a la condición humana: la vulnerabilidad, que siempre nos ha costado asumir y que históricamente hemos intentado compensar con la fantasía de la redención en el cielo o con la creencia en la capacidad de la ciencia para llevarnos más allá de lo imaginable. Somos vulnerables y sin embargo, dentro de nuestras modestas posibilidades, podemos ser capaces de vivir más y mejor. Por eso hemos juntado en estas páginas la reflexión sobre el progreso y sobre la vulnerabilidad. No son conceptos contradictorios; cualquier idea de progreso para ser digna de este nombre –es decir, para que no nos conduzca a la catástrofe– sólo puede avanzar si es con plena conciencia de nuestros límites, es decir, del sentido trágico de la vida. Que tantas veces se ha olvidado con dramáticas consecuencias.

Durante el último siglo, la esperanza de vida en los países más desarrollados se ha duplicado. Pocas cosas definen mejor las potencialidades del progreso en el conocimiento. Entre los sesenta años de mis abuelos y los sesenta años de ahora hay un abismo. Y, sin embargo, en unas sociedades articuladas en torno al trabajo, la jubilación sigue siendo lo que marca la línea de paso a la vejez. En realidad, con el alargamiento de la vida toda la pirámide de edad ha cambiado: la adolescencia se avanza, la juventud –convertida cada vez más en sujeto político y social– se alarga con efectos sobre la edad de emancipación y retrasando la crianza, la vejez es cada vez más numerosa, con intereses propios y con impactos significativos sobre la organización de las sociedades. Y más acá de las fantasías, fruto de la negación de los límites, que apuntan a objetivos imposibles, se impone, por tanto, una reflexión a fondo sobre esa gran conquista humana. Reflexión que tiene que ver con la salud, pero también con el buen vivir y con la propia organización de la sociedad, en un momento en que los años de vida activa se alargan considerablemente. Esta es la razón del dossier sobre el envejecimiento, fruto de un encuentro en la Escola Europea d’Humanitats del Palau Macaya de Barcelona, que articula este número.

Todo ello, sin perder el horizonte de nuestra condición. Y la mejor manera es reflexionar sobre la vulnerabilidad que nos viene interpelando en estos años de regreso al pasado con una pandemia que ha provocado respuestas como el confinamiento que parecían impropias de nuestros tiempos.

Y en este contexto, la conversación que sostuve con el profesor Michael J. Sandel, en la citada Escola Europea d’Humanitats, nos permite ahondar en la ideología de la meritocracia que amenaza los equilibrios de unas sociedades con fracturas alarmantes, como ha evidenciado Estados Unidos en los cuatro convulsos años de la delirante presidencia de Donald Trump.

La pandemia ha expuesto a la ciencia ante la ciudadanía. La reputación de verdad que la acompaña hace que en materia de salud los ciudadanos confíen más en ella que en la política. Y, sin embargo, las ciencias han avanzado mucho –y ahí está la rápida llegada de las vacunas–, pero no hacen milagros. La ciencia está en el escaparate. De lo que se puede esperar y lo que no, de cómo ha navegado la ciencia en este episodio, escribe Jordi Camí, director del Parc de Recerca Biomèdica de Barcelona.

Sobre el crucial momento del saber, y por tanto de la universidad, que estamos viviendo, escribe Jaume Casals, rector de la Universitat Pompeu Fabra: la universidad del porvenir será «aquella en que la distinción profunda entre ciencia y cultura produce la pertenencia mutua entre ciencia y cultura». Es decir, de trabajar «la brecha profunda de la que surge la educación». Que es en buena parte el propósito que guía a esta revista.