#7 / Septiembre-octubre 2014

André Glucksmann

Voltaire contraataca

La vigilante de sala, 2011 © Isabelle Rabaud

Desde hace treinta años, un fenómeno inaudito ha partido la historia en dos. Miles de individuos han sido expulsados de la eternidad, lanzados a un tiempo desprovisto de fatalidad. Desengañado, desacralizado, un presente permanente que Europa afronta desde su origen. Chinos, indios, brasileños, indonesios, vietnamitas y miembros de otros países «emergentes» se han lanzado a jugar, pensar, temer y esperar en nuestro mundo. Ya no se consideran condenados de oficio, como sus antepasados y los antepasados de sus antepasados, en un eterno retorno a la miseria y la servidumbre. ¡Al diablo las imposiciones de la tradición! El horizonte ya no constituye una promesa ineluctable ni una anunciación paradisíaca, sino que ofrece la certidumbre de que nada es certero, que nada está decidido por adelantado, que todo se decide aquí y ahora. Se ha abierto un cerrojo milenario.

Para leer este artículo completo COMPRA ESTE NÚMERO o SUSCRÍBETE A LA REVISTA