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La Maleta de Portbou

Ecópolis del mañana

Santiago Beruete

#44 / Enero-Febrero

La bioarquitectura ha encontrado en Stefano Boeri a su profeta. Esta es una de sus propuestas más ambiciosas: la ciudad forestal de Liuzhou (China). Unas 30.000 personas habitarán en ese bosque urbano, formado por 40.000 árboles y un millón de plantas, que absorberá el CO2, producirá oxígeno y creará un microclima.

Si la primera utopía fue la ciudad, como escribió Lewis Mumford, la ecópolis es la última. Esta cuenta, sin embargo, con una larga genealogía que se remonta a los jardines colgantes de Babilonia, y recoge la herencia de las utopías urbanas de siglos pasados. En nuestra época, marcada por la emergencia sanitaria y climática, materializa el sueño de la ciudad ideal. El riesgo de colapso medioambiental, sumado al azote de la pandemia, ha acelerado la concienciación ecológica y clarificado nuestras prioridades. Si hemos de creer a los expertos, conviviremos con el coronavirus durante mucho tiempo. Y por si esto no fuera ya bastante arduo, contamos con tres décadas para descarbonizar la atmósfera antes de que atravesemos el umbral de un calentamiento irreversible, y esté fuera de nuestro alcance decidir nuestro futuro. En semejantes circunstancias, no es extraño que los países compitan por construir biourbes, naturópolis, ciudades-bosques o green cities, donde el trazado de las calles, la red de transportes y la gestión de los residuos se rijan por criterios de ecoeficiencia. Algunos de esos proyectos se inscriben en lo que Deyac Sudjic denominó con acierto la arquitectura del poder.


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