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La Maleta de Portbou

El infierno humano

Agustí Colomines i Companys 

#48 /Septiembre-Octubre

Esculturas en relieve griego de una batalla de Alejandro Magno (Alejandro III de Macedonia). Museo Arqueológico de Estambul, Turquía. © Colaborador/a: funkyfood London-Paul Williams/Alamy Foto de stock

Las matanzas de grupos nacionales, raciales o religiosos, tanto biológica como culturalmente, viene practicándose desde que el mundo es mundo. La humanidad es guerrera por naturaleza y destruye lo que cree que la amenaza, especialmente a los grupos humanos que considera enemigos. Richard Wrangham, naturalista británico y profesor de antropología biológica de la Universidad de Harvard, explica en su estudio de divulgación The Goodness Paradox (Pantheon Books, 2019), la relación entre la virtud y la violencia en el proceso evolutivo humano. «A más virtud, menos violencia», afirma, trazando una paralelismo entre los primates y los humanos. Para conseguir ese nivel superior de desarrollo los animales emplean sistemáticamente la violencia selectiva contra los aspirantes a macho dominante que pretenden lograr un estatus dominante a base de intimidar a los demás rivales potenciales. Los humanos se han transformado en una especie animal mucho más dócil y, hasta cierto punto, compasiva con el prójimo. Y, sin embargo, las distintas sociedades humanas han luchado entre sí hasta la extenuación. Matar al otro es una forma de alteridad invertida, pues el reconocimiento de los demás grupos nacionales, raciales o religiosos consiste, también, en eliminarlos. Refiriéndose a la carnicería nazi, Winston Churchill dijo en su habitual emisión radiofónica de agosto de 1941: «estamos en presencia de un crimen que no tiene nombre».


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