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La Maleta de Portbou

El mal, la vida y los clásicos

Josep Ramoneda

#53 /Julio-Agosto 2022

Dice Ana Carrasco-Conde, en la entrevista de Pilar Gómez, que «el mal no es un misterio. Está a plena luz del día, normalizado». «Y al mismo tiempo todos sabemos que los finales son el principio de otra cosa», escribe Verónica Nieto. Entre estas dos coordenadas se mueve el número 53 de La Maleta de Portbou. Y en medio, una frase de Judith Butler: «Querer vivir se produce sólo cuando es vivir con los demás, cuando nos encontramos en una comunidad o en una sociabilidad que nos lleva más allá de nosotros mismos y hacia el mundo».

Sobre este croquis se sitúan las demás piezas. Unas mantienen viva la reflexión sobre una guerra que es una señal de alarma que no puede caer en la rutina. Con tres miradas. La de la periodista Daría Gavrilova sobre los rusos que, como ella, viven el desasosiego de la fuga nihilista de Putin («para ti, Daría, ya es hora de dejar de reflexionar y pretender que tienes algo que ver con Rusia. ¡Enarbola la bandera de Ucrania!», le dice un colega). Es posible, sugiere Daría, que aparte de una brecha formidable entre ellos y nosotros la invasión de Ucrania también finalmente cree un nosotros para los rusos que no son de Putin, estos que le dicen que «la nación es una construcción del siglo xix y no significa nada para ellos». La del psiquiatra Josep Moya Ollé, que reflexiona sobre la diabolización del adversario, el ucraniano como nazi: «el enemigo como alguien que reniega de toda moral y se entrega a todo tipo de desmesura y nos confronta con el Real de la muerte, la destrucción y la devastación». En fin, José María Faraldo nos aporta una biografía de Ucrania, hasta ahora una perfecta desconocida para muchos de nosotros.

Otras, como el dossier de los clásicos, nos invitan, en tiempos de perplejidad, a acercarnos a obras que «nos dan que pensar» y «cambian para siempre la forma en que vemos el mundo», como escribe Jean Grondin. O dicho al modo de Santiago Zabala, dan «motivos para seguir leyendo», «horizontes desde los cuales podamos entender el presente». Y por el camino una pieza de Juan Arnau, una original lectura de Ortega y Gasset, que nos recuerda que «la vida humana no es una entidad que cambia sino que su sustancia es precisamente el cambio».

Y ahí, cuando la amenaza nuclear se suma a la crisis ecológica, embadurnada por los imaginarios neoliberales (Jaime Vindel), empeñados en lanzar balones fuera, quizá tiene sentido mirar por un momento nuestros orígenes remotos, que es el tema de la conversación entre la paleontóloga María Martinón y el paleogenetista Carlos Lalueza Fox, que Tomàs Marquès i Bonet plantea en estos términos: «Cuando los humanos modernos morfológicamente idénticos a nosotros salieron de África, se encontraron con otros. Pero la pregunta a por qué sobrevivimos sólo nosotros se responde de distintas maneras. Una primera hipótesis decía que los matamos a todos, lo cual conociendo a nuestra especie resulta razonable. La segunda hipótesis argumentaba que por diversos motivos (culturales, etc.) los sapiens avanzaban territorio y las otras poblaciones iban retrocediendo hasta el punto de que quedaron aisladas, algo que genera problemas de consanguinidad, es decir, menor adaptación, cuya consecuencia fue que terminaron desapareciendo. Y la tercera, la más bonita de las hipótesis, es la de la fusión. Ninguna de las hipótesis es excluyente. Pero esta fue revolucionaria».

Y en un terreno más prosaico, pero también más contagioso por proximidad y vínculos latinos, el relato del confusionismo que habita Francia que nos ofrece Philippe Corcuff no debería pasar desapercibido en las arenas movedizas de la política española.

En fin, quizá sea cruzando los umbrales que glosa Ana Basualdo que podemos encontrar el camino hacia un futuro más humano.

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