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La Maleta de Portbou

Empirismo hierático

Ara H. Merjian

#54 /Septiembre-Octubre 2022

Pier Paolo Pasolini y Enrique Irazoqui en el rodaje de El Evangelio según san Mateo. Al fondo a la derecha sentado, Maurizio Lucidi, asistente de dirección. © Domenico Notarangelo/Wikipedia Commons

Durante las últimas dos décadas, la palabra «sagrado» ha llegado a constituir quizá el principal lema de investigación sobre la obra de Pier Paolo Pasolini. Más de una docena de libros, otros tantos ensayos y una miríada de disertaciones, exposiciones y otros formatos llevan en su título alguna iteración del término (sacralidad, sacrilegio, pasión, santidad, heilige, etc.). En su aplicación a Pasolini y su obra, la palabra inevitablemente muestra una cierta ironía: la inverosímil unción del hereje moderno más prominente y confeso de Italia. Esa consagración criptorreligiosa proviene en gran parte de los datos biográficos: un asesinato salvaje y el mismo martirio público que precedió y siguió a su muerte. Es un destino que rimaba –aparentemente de manera fatalista, pero en verdad insidiosa y contingentemente– con una poética de toda una vida de autosacrificio. «Me vi colgado, clavado en la cruz», anunció Pasolini en un artículo juvenil; su último libro de versos lo encuentra afirmando en la misma línea que «Miro a los oficiales linchadores / con el ojo de una imagen. / Me observo masacrado / con el valor sereno de un científico» (Nico Naldini, Pasolini: una vita, Tamellini, 2014 [1989]).


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