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La Maleta de Portbou

Julián Marías y nuestro mundo

Andreu Navarra
#44 / Enero-Febrero

Julián Marías. Cortesía de Javier Marías. © Catherine Bassetti

Ficción tiene que ver con fingir. Se finge por muchos motivos, pero el más noble de todos es sin duda el fingimiento de la ficción. También se deja uno persuadir o seducir por muchos fingimientos ajenos, y también los de las ficciones son los más incruentos y menos dolosos. No sólo eso, los más placenteros. Se trata de fingimientos lúdicos, ya que no comprometen seriamente nuestra integridad personal ni están dirigidos a causar nuestro mal o a engañarnos sobre una situación de hecho: son puros juegos de la imaginación. Nos imaginamos que el capitán de un ballenero, vengativo y enloquecido, persigue por los siete mares a un cachalote blanco. Nos imaginamos que un tiburón también blanco se come a los bañistas en una playa plácida de la Costa Este de Estados Unidos, y experimentamos la angustia del jefe de policía local, enfrentado a un alcalde fullero que no quiere arruinar la temporada de baño. Nos figuramos que un exconvicto sin escrúpulos supo por su compañero de celda, condenado a muerte y ya ajusticiado, que guardaba un gran botín, y se presenta en la casa de la viuda y sus hijos con la intención de hacer todo lo necesario para apoderarse del dinero.


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