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La Maleta de Portbou

La era antiutópica

Federico Vercellone

#48 /Septiembre-Octubre

Arcadia 27. Fotografía de Aida Pascual presentada en la exposición organizada por la Fundación Arte, comisariada por Tamara Kreisler y presentada en el Hospital de San Rafael, en Madrid, entre el 6 de junio y el 6 de agosto de 2021, en el marco del certamen PhotoEspaña. La exposición reflexiona sobre la supremacía del orden natural por encima de la voluntad humana, un lugar imaginario, un territorio utópico creado y descrito por poetas y artistas en donde el individuo y el paisaje que le rodea viven en armonía. © Aida Pascual/cortesía de PhotoEspaña

Nunca hemos sido posmodernos

Preguntarnos acerca de nuestro tiempo siempre es también preguntarnos acerca de los lugares que habitamos. Para ser un tiempo, una época, incluso la más trágica, tiene que ser habitable, y ser reconocida como tal por sus moradores. El Antropoceno, la época en la que la naturaleza se ha plegado (o así lo parece) totalmente a las exigencias humanas, es también la época que, en muchos aspectos, ha negado su característica más destacada, la habitabilidad. En muchos sentidos, a sus propios moradores el Antropoceno les parece una época que no puede circunscribirse, y acaso inhabitable. Es la época del final. Es el tiempo que produce antiutopías y que se alimenta de ellas. Unas antiutopías high and low que intensifican rítmicamente su presencia a medida que nos aproximamos al presente. Desde Apocalypse Now hasta La delgada línea roja, desde Dylan Dog hasta Los siete palacios celestes, de Anselm Kiefer, estamos cada vez más inmersos en una modernidad que proyecta en un futuro próximo su final para no padecerlo. Un imaginario saturado es lo que caracteriza a esta época cada vez más presa de la ironía y de la angustia, el auténtico alimento del imaginario y de las conductas de sus moradores. De la ironía a la angustia, y de la angustia a la ironía, se establece un único movimiento pendular, una oscilación complementaria en sus resultados, que pueden sintetizarse en la disolución del futuro en su alcance proyectual. Lo que impera sigue siendo el tiempo mesiánico, pero invertido en lo relativo a su horizonte de sentido: el final ya no es el ansiado telos, la extinción del tiempo en su regeneración, sino una gigantesca implosión. De la antigua idea del final como el fin sólo queda, constantemente en el plano del imaginario, el exorcismo de la angustia. Un tiempo orientado hacia su propia implosión, como queriendo exorcizarla, totalmente volcado en evocar, en vez de al Mesías, una utopía distópica como anhelado colapso de la ansiedad que la recorre.


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