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  • 05/06/2019

    PROVA ESTIL CURSIVA sense cos de tex

    omando la onda expansiva de las revoluciones francesa y rusa como unidad de medida histórica, Eric Hobsbawn distinguió entre un siglo xix largo y un siglo xx corto. Si la aceleración del ritmo del cambio social sigue su curso, cabe pensar que el siglo xxi será cortísimo. No sólo porque, como ha constatado Hartmut Rosa, la lógica de la aceleración gobierne nuestro régimen temporal, sino sobre todo porque esta nos ha arrojado a una situación de extralimitación ecológica insostenible. Y el correctivo sistémico consecuente, que ya ha comenzado, tomará la forma de una gran transformación que, vista retrospectivamente, sólo admitirá analogías con la revolución neolítica o la revolución industrial. Y además será vertiginosa.

    A mediados de siglo habremos cruzado el Rubicón ecológico: o una sociedad reintegrada en los límites de la biosfera o la descomposición catastrófica de la civilización industrial. El reto es inmenso porque una sociedad sostenible no podrá ser el fruto de una operación de sustitución tecnológica. Requerirá una revolución socioeconómica y una mutación antropológica tan radical que, a su lado, doscientos años de aventura socialista palidecen. Entre otras razones, porque una hipotética sociedad sostenible tendrá que convertir el crecimiento económico en una pieza de museo. Lo que implica contravenir el núcleo duro de lo que Harari llama la «alianza moderna». Y que, parafraseando a Marx al inicio del Manifiesto comunista, une a todas las fuerzas de la modernidad en Santa Cruzada en defensa de la expansión constante del PIB: Donald Trump y Xi Jinping, Soros y Duguin, Pinker y Houellebecq, los chalecos amarillos franceses y los transhumanistas californianos.

    El cortísimo siglo xxi sitúa a nuestra especie en un examen evolutivo determinante. Hasta el punto de que la crisis socioecológica merece el título orteguiano de «tema de nuestro tiempo». Esto no es una hipérbole ni una predicción especulativa. Es el escenario que dibuja el mejor conocimiento que nos ofrecen las ciencias naturales. Las redes ecológicas que conforman la trama de la vida están colapsando a una velocidad sólo comparable a la de las grandes extinciones de la historia natural. Sobre ellas, nuestra civilización ha llenado el mundo, agotando recursos y saturando sumideros hasta el punto de comprometer ya la viabilidad de sus patrones de reproducción socioeconómicos, bajo la maldición de una suerte de ley de rendimientos decrecientes planetarios. El Antropoceno, por tanto, no es el nombre de una nueva era. Como señala Donna Haraway, es un evento-límite. Por seguir con metáforas geológicas, su huella será más parecida al impacto K/T (el meteorito que acabó con los dinosaurios) que a la vieja idea de Cuaternario.

    Aunque todos los indicios nos llevan a conjugar el colapso ambiental en presente continuo, debemos ser cautos con las fechas exactas. El matrimonio Meadows, autores de uno de los libros más importantes para entender las próximas décadas (Los límites del crecimiento), fue taxativo: poseemos el tipo de información que asegura que si tiras una pelota al aire caerá al suelo, pero no aquel que pueda predecir en qué momento y lugar exacto será la caída. La crisis socioecológica, por tanto, no inaugura una suerte de Reloj del Apocalipsis que tenga en el año 2050 su medianoche. Se trata más bien de una tendencia fuerte, retroalimentada por sus propias inercias, pero dada dentro de un sistema autoorganizado, no lineal y por tanto inherentemente impredecible. Aunque las modelizaciones científicas nos sirvan para comprender el abanico de escenarios probables, el grado de incertidumbre sobre cuál de ellos será el que predomine finalmente es elevado. En cualquier caso, todo parece apuntar a que la vida humana, a partir de mediados del presente siglo, será algo suficientemente distinto al presente como para que los historiadores del futuro tengan que nombrar su época bajo otras palabras.

    La crisis socioecológica nos ayuda también a unir las piezas del puzle de la actualidad de un modo que sin ella sería indescifrable. Los dos primeros decenios del siglo xxi han resultado mucho más convulsos de lo que prometían los ideólogos del fin de la historia en la década de los noventa. Así por ejemplo las presiones migratorias, las de hoy y las que vienen, así como las reacciones que están generando, y que son todavía esencialmente preventivas, no se entienden sin el cambio climático: si tres millones de refugiados han colocado a Europa en la antesala de un fascismo posmoderno, los doscientos millones de refugiados que se desplazarán a mediados de siglo por causa directa de la inhabitabilidad de sus territorios son algo que lo cambiarán todo. En cuanto al Gran Juego geopolítico, desde el fin de la Guerra Fría, es esencialmente una carrera de posicionamiento sobre las últimas reservas de combustibles fósiles y las rutas de acceso a los mismos (Irak, Irán, Libia, Siria, Ucrania, Mali y ahora Venezuela). Incluso el creciente coste social del crecimiento económico en forma de recortes, devaluaciones salariales y frustración de las expectativas de clase, causa directa del terremoto político que tras el crack de 2008 sigue sacudiendo el mundo elección tras elección, adquiere su verdadera profundidad al introducir la dimensión «ecología política».

    Los liberales achacan el deterioro creciente de la cohesión social a la mano invisible de la robotización y las presiones competitivas de un mercado mundial que la globalización ha vuelto cada vez más denso e interdependiente. Los marxistas, a la victoria aplastante del capital en la lucha de clases tras la contrarrevolución neoliberal. Lo que apenas nadie apunta es que, además, la energía neta que circula por nuestro metabolismo social, y que es la base biofísica de toda nuestra actividad, está menguando lentamente. Y lo hace al menos desde el año 2006 cuando sobrepasamos el pico del petróleo convencional. Hoy, aunque la producción volumétrica de petróleo sigue en aumento, lo que empleamos es un petróleo de peor calidad, que exige invertir mucha más energía para ser producido y no tiene las mismas prestaciones. Por ejemplo, de los petróleos no convencionales extraídos mediante fracking no se refina diésel (de ahí las prisas de nuestros Gobiernos por dejar atrás el coche diésel, más allá del problema grave de la contaminación atmosférica). En otras palabras: el declive energético es la respuesta materialista ante esa sensación misteriosa de estrechamiento del margen de maniobra y multiplicación de las tensiones que gobierna nuestra época. Un proceso que el sistema de precios de mercado, incapaz de cuantificar el valor cualitativo real de una sustancia como el petróleo, no sabe medir.

    En definitiva, la extralimitación ecológica no es una amenaza remota o hipotética que marcará el futuro de nuestros nietos. Han pasado sesenta años desde la publicación de un libro seminal como el de Rachel Carson, Primavera silenciosa: nosotros somos esos nietos. Y todos los fenómenos de insostenibilidad denunciados y combatidos por el ecologismo no sólo se han agravado, sino que han desquiciado ya el péndulo maniaco-depresivo de los ciclos de mercado. La economía ecológica, la ecología política y la dinámica de sistemas son la piedra roseta que permiten descifrar el jeroglífico de una sociedad punk, que parece haber interiorizado el no future como su máxima suprema. Ya no podemos esperar décadas de nueva prosperidad global, sino más bien una sucesión de cracks y recuperaciones efímeras, con mucha disputa social (entre naciones y entre clases) para repartir sus peores efectos, que irán cronificando el estancamiento económico y la descomposición de las viejas entidades políticas como en una enfermedad degenerativa. Quizá la cuarta revolución industrial del algoritmo y la biología sintética sigan marcando la agenda humana en el siglo xxi. Pero lo harán sólo de modo proporcional al nivel de apartheid ecosocial que logren gestionar.

    El retorno de la fórmula hitleriana

    Resulta por tanto esencial romper con la conceptualización naif sobre los problemas ambientales que predomina en el debate público. Por ejemplo, si España afronta un peligro ambiental grave durante los próximos lustros, este se llama Argelia. El 50% del gas que consume nuestra economía depende de las exportaciones de nuestro vecino del Magreb. Pero desde 2014 Argelia produce cada año menos gas. Y lo hace por restricciones geológicas que un fuerte ciclo inversionista podrá paliar temporalmente, pero no revertir. En fechas próximas Argelia se debatirá entre seguir exportando a países como el nuestro o abastecer su demanda interna creciente. Y, como explica Antonio Turiel, España tendrá que elegir entonces entre una transición energética que será dura o la intervención militar en el Norte de África.

    Por ello la crisis socioecológica enmarca bien el verdadero potencial político anticipatorio de la Internacional Nacionalista, que capitanea Steve Bannon. Trump, Bolsonaro, Salvini, Le Pen u Orbán no son exabruptos pasajeros producidos por los bandazos de una democracia que habría patinado en el suelo resbaladizo de la recesión de 2008, pero que enderezará su rumbo cuando los peores efectos de la misma queden atrás. El dextropopulismo es una realidad política muy bien afinada con el tono de la música que tocan nuestras sociedades. Ante la nueva escasez estructural se responde cerrando filas alrededor de un nosotros nacional excluyente, que prepare a la población para responder de modo depredatorio a la sensación de que no hay para todos.

    ¿Cuáles son las claves diferenciales del proyecto Trump? Todo lo que ya sabemos más una línea de trabajo poco mencionada pero que resulta fundamental: Trump ha llegado al poder con el mandato de apurar la copa de los combustibles fósiles hasta las heces. Si Estados Unidos quiere seguir manteniendo su hegemonía imperial y militar, debe ser el último actor en descabalgar el tigre de los combustibles fósiles. Por ello la administración Trump ha roto el Acuerdo de París, ha abrazado el negacionismo climático, ha colocado oilmans en todos los puestos clave del Gobierno y ha puesto todo el poder del Estado a intervenir en apoyo del fracking. Hoy con un paquete desregulatorio muy agresivo, que permite reducir costes a una industria que acumula pérdidas millonarias y un colosal endeudamiento. Mañana quizá rescatándola con dinero público bajo la premisa de que su papel es estratégico para la seguridad nacional. Bolsonaro es una suerte de Trump regional latinoamericano, siendo la Amazonía y no el fracking su Salvaje Oeste ecológico. En ambos casos se enfrenta la crisis energético-ecológica aumentando la presión sobre los recursos al tiempo que se espera externalizar los daños con violencia homicida: sobre la biosfera, sobre otras partes del mundo, sobre el enemigo interno, sobre los no nacidos.

    Freedom from fear and want (libres de temor y miseria). Con esta fórmula se cerraba el punto 6 de la Carta del Atlántico, firmada por Roosevelt y Churchill en 1941. Un documento que marcó el pathos civilizatorio de toda la segunda mitad del siglo xx, tanto a un lado como a otro del Telón de Acero. Capitalismo y comunismo competirían por los métodos para alcanzarla (planificación contra mercado) y los criterios para distribuirla (más o menos equitativos): pero la economía de la abundancia, producida por el desarrollo técnico-científico, se convertía en la premisa escatológica de una nueva era. Sin embargo la ilusión duró el mismo tiempo que el petróleo barato. Y como analiza magistralmente Carl Amery, los primeros síntomas de escasez energética estructural han traído bajo el brazo el retorno del asunto Hitler, del que durante el siglo xx quizá sólo conocimos un ensayo. Lo que el siglo xxi ha puesto a jugar de nuevo es el espacio vital en términos de capacidad de carga ecológica: si el modo de vida norteamericano necesita cuatro planetas para poder generalizarse a toda la humanidad, es obvio que en este mundo no cabe una China, una India, una Europa o una América Latina que sigan su esquema de desarrollo.

    La comparativa con el nazismo es cualquier cosa menos superficial. Conceptualmente, el programa hitleriano fue más una respuesta darwinista social ante una percepción de ahogo matlhusiano que la organización del resentimiento nacionalista por las gravosas reparaciones de guerra impuestas a Alemania. Todo el Mein Kampf está construido sobre el esquema argumentativo siguiente: el crecimiento demográfico alemán sólo podía ser sostenible mediante la adquisición militar de nuevo suelo. El Plan General Este, que proyectaba la expansión alemana hacia el mundo eslavo sometiéndolo, abría esta salida. Para lograrlo, era necesario exterminar la mala influencia del bacilo judío, vector de transmisión racial de ese grave error metafísico que criticó Nietzsche: una ética del resentimiento, que invertía los valores jerárquicos de la naturaleza al primar el cuidado de lo débil frente al privilegio del fuerte.

    Aunque la retórica del racismo científico chirríe profundamente en nuestro sentido común, la arquitectura conceptual de la fórmula hitleriana, como la llama Amery, es análoga a las de los argumentos que hoy comienzan a emanar del entramado antropológico neoliberal: ante la crisis socioecológica debe imponerse un acceso diferencial a los recursos basado en privilegios adquiridos. Estos pueden ser recompensas por el éxito en el juego empresarial (argumento liberal) o prerrogativas históricas dadas por la pertenencia a un agregado nacional situado en la parte alta de las relaciones depredador-presa que subyacen al mercado mundial (argumento dextropopulista). Como demuestra la victoria de Trump, que combinó el «Make America Great Again» con una rebaja salvaje de impuestos a las clases más altas, ambas fuentes de supuesta superioridad social son compatibles en un mismo discurso. Y ambas son enemigas declaradas de las tarántulas predicadoras de la igualdad contra las que cantaba el Zaratustra nietzscheano.

    A medida que el crecimiento económico se torne tan mediocre y costoso que ya no pueda amortiguar la conflictividad social, y la lucha de clases se agrave, es previsible que la derecha filosófica se deslice hacia posturas criptonaturalistas parecidas a las del nazismo, aunque sin resucitar esa anacrónica y extravagante obsesión con la pureza racial. Es fácil prever que se categorizará cualquier política igualitarista (redistribución de riqueza, apertura de fronteras, incluso la misma idea de democracia) como una aberración contra el orden natural del mercado o de la realpolitik. Podemos acordar en llamar ecofascista a este impulso por resolver la crisis ecológica por la vía de la desigualdad extrema. Y por tanto, como afirma Amery, «anulando el carácter intocable de la dignidad humana». Quizá en el futuro veamos incluso la emergencia de regímenes de fisonomía política fascista articulados con proyectos profundamente ecológicos en lo económico y en lo técnico. Algunas novelas distópicas, como El salario del gigante de José Ardillo, han especulado con esta posibilidad.

    Pero no es ciencia ficción, sino ciencia social y ejercicio de memoria histórica formular la siguiente disyuntiva: si un giro político no lo remedia, el curso de nuestros sistemas sociales desembocará en un proceso selectivo de descarte de la humanidad sobrante. Que será más o menos explícito o más o menos colateral en función de la alternativa que puedan ofrecer las ideologías humanistas e igualitarias como el socialismo. Jorge Riechmann resume la trágica perspectiva del siglo en marcha con un breve aforismo que merece ser recordado: «El ecocidio traerá consigo el genocidio».

    Ecosocialismo (de estado estacionario)

    Pero el futuro del corto siglo xxi está en disputa. Y existen otras opciones a la barbarie ecofascista. En primer lugar, el combate político que podamos presentar todos aquellos que seguimos apostando por una noción igualitaria de lo humano. Para esta batalla, el pensamiento de izquierdas en general, y el socialismo en particular, está obligado a una profunda revisión de todos aquellos postulados que no han superado el banco de pruebas del siglo xx. Y son muchos: el presupuesto de abundancia material como precondición del socialismo; una teleología histórica basada en el desarrollo de las fuerzas productivas; la creencia en el rol mesiánico del proletariado; la abolición del mercado como institución de coordinación del trabajo social… Cuando el primer Podemos afirmaba que el eje izquierda-derecha explicaba poco, más allá del tacticismo electoral del que fue acusado, había en su postura una intuición política valiente sobre la obsolescencia de los marcos ideológicos del siglo xx. Un ejemplo ilustrativo: hoy un programa ecosocialista puede tener más fácil el tejer alianzas con el mundo cristiano que con el mundo sindical. Especialmente tras la encíclica papal Laudato si y la menos conocida exhortación apostólica Evangelii gaudium, que contrastan con segmentos de la clase trabajadora a los que sus intereses materiales inmediatos les colocan espontáneamente del lado del extractivismo productivista del que dependen sus industrias y sus modos de vida. No significa que el sindicalismo ecosocialista sea una quimera. Pero quien pretenda construirlo apelando a una supuesta conciencia de clase que emane necesariamente de los intereses materiales de los trabajadores va a entregar en bandeja el mundo sindical al proteccionismo fascista tipo Frente Nacional.

    Pero incluso entre las propias élites capitalistas se barajan distintos caminos: Macron, en oposición a Trump, ha promovido el lema «Make Our Planet Great Again». Y es que liderar la modernización verde del capitalismo es uno de los designios geopolíticos diferenciales de Europa o China frente a otros núcleos de poder global, como Rusia o Estados Unidos. Y lo es sobre todo por tratarse de continentes esquilmados, sin apenas fuentes energéticas fósiles y enormemente deficitarios en términos de espacio ambiental. Por tanto altamente vulnerables ante la saturación ecológica en marcha. En ambos polos de poder la cuestión de la sostenibilidad se debate en un pulso entre retórica y estrategia que, presentando profundos límites, también abre un campo de juego interesante.

    Que Bruselas se esté tomando el capitalismo verde en serio, y la Comisión Europea imponga una economía descarbonizada en un 90% en apenas treinta años, delimita un marco de acción favorable para construir proyectos políticos hegemónicos que realicen avances ecológicos sustanciales. Además, amplias capas de la ciudadanía empiezan a asumir una especie de mandamiento tatcheriano invertido: «No hay alternativa a la transición ecológica». Por ello, hoy un programa centrado en el Green New Deal ya puede ganar elecciones. Otra ventaja es que estos proyectos de reformismo verde cabe desarrollarlos, al menos en sus primeras etapas, despertando un nivel relativamente bajo de fricción política, ya que el mínimo común de su base social de apoyo es muy amplio. Pero paradójicamente contienen, en su propia morfología material, el germen de transformaciones muy radicales (dada la naturaleza distribuida, y por tanto fuertemente antimonopólica, de las energías renovables).

    Como afirma Joaquim Sempere en Las cenizas de Prometeo, con la actual correlación de fuerzas socioeconómicas, sin banca pública y sin soberanía monetaria, la transición energética hacia una matriz renovable es inimaginable sin una alianza interclasistas que asocie los intereses de la ciudadanía, de los movimientos sociales ecologistas y de empresas lucrativas. Un marco de colaboración forzoso en el que se puede hacer de la necesidad virtud: aunque sin duda un Nuevo Pacto Ecosocial iría acumulando choques y conflictos con el paso del tiempo, de forjarse nos ofrecería años de condiciones favorables para poder trabajar una politización profundamente anticapitalista del sentido común, basada en la incompatibilidad de fondo entre capitalismo y sostenibilidad. Y además lo haría adoptando la paciencia estratégica como la mejor metodología para revertir la aplastante victoria del neoliberalismo: sin estridencias antisistémicas y, por tanto, bajo radar represivo.

    Sin embargo el Green New Deal no es suficiente aunque le añadiéramos un profundo componente de justicia social. El tipo de reforma energética gradual hacia la descarbonización que hoy promueven tanto la Unión Europea del Tratado de Lisboa como el socialismo democrático de Ocasio-Cortez parte de un grave error de base, que distorsiona el diagnóstico y dificulta sus objetivos: haber convertido los límites del crecimiento en un tabú.

    A nivel de diagnóstico, este plan hubiera sido mucho más factible en 1972 (publicación de Los límites del crecimiento y Cumbre de la Tierra en Estocolmo), o incluso en la época de Río 92. Hoy la extralimitación ecológica es ya tan grave que nos ha situado en una situación de «emergencia planetaria». Y el tipo de intervención política que requiere avanzar hacia la sostenibilidad, por los plazos apremiantes que manejamos, se parece más a las transformaciones súbitas y revolucionarias dadas en las naciones industriales bajo la economía de guerra de la Segunda Guerra Mundial que a la Agenda 2030. En cuanto a las propuestas, y tal como anticipó el informe de Los límites del crecimiento, apostar por una revolución tecnológica (renovables e incremento de la eficiencia) sin acompañarla de un freno al incremento exponencial de población, consumo de recursos, contaminación y producción industrial conducirá igualmente a nuestras sociedades al colapso.

    Autores con mucho predicamento como Jeremy Rifkin o Paul Mason han ayudado a consolidar la idea de que las energías renovables nos sitúan en el umbral de una edad de oro de energía limpia e infinita. Y que son los estrechos intereses de la industria fósil lo que impiden este salto cualitativo a una nueva era energética. La realidad es otra. Una matriz energética cien por cien renovable presenta diferentes límites de aprovechamiento técnicamente irresolubles, poco compatibles con una economía expansiva y que además obligarán a transformar profundamente la fisionomía del mundo industrial.

    En primer lugar, las energías renovables son inagotables a escala humana, pero no infinitas: conceptualmente sería más preciso definirlas como dispositivos no renovables de captación de energías renovables. Una turbina eólica o un panel solar son objetos altamente intensivos en muchos minerales escasos. Y las ubicaciones geográficas que permiten los mejores rendimientos también son limitadas. Además, los usos modernos de las energías renovables producen electricidad, pero nuestras sociedades son esencialmente no eléctricas. Apenas un 20% de la energía primaria la consumimos en forma de electricidad. Por ello una hipotética sociedad cien por cien renovable tendría en el sistema internacional de transporte un nudo técnico muy difícil de resolver.

    Hoy el 95% del transporte del mundo funciona con motores de combustión. Y aunque obviando los problemas de escasez de cobalto y litio podamos imaginar una fuerte penetración del coche eléctrico, que debería ser milagrosa si queremos realizar una sustitución completa (a finales de 2018, había 30.000 coches eléctricos en España de un parque de veintitrés millones), para ve-
    hículos con un relación potencia/carga mayor esto es casi imposible. Ni los tráileres, ni los aviones, ni los grandes buques ni la maquinaria pesada agrícola o minera pueden electrificarse. Por ello una sociedad cien por cien renovable debería ser una sociedad que hubiera acometido una ordenación del territorio y de la economía revolucionaria para minimizar las necesidades de transporte de personas y mercancías. Un último apunte al respecto: toda ilusión de soberanía energética depositada en las energías renovables debe ser puesta en entredicho como una ingenuidad. Nuestra economía sostenible del siglo xxi será tan dependiente de los grandes productores de litio, cobalto o tierras raras (Bolivia, el Congo o China) como la economía fosilista del siglo xx de la OPEP.

    El dilema democracia

    y la lujosa pobreza

    El ecologismo más maduro lleva décadas planteando el horizonte teóricamente sensato del decrecimiento. Pero también olvidando un aspecto crucial para pensar su traducción práctica: el crecimiento económico no es sólo una decisión política en favor del capital. Es una inercia civilizatoria muy profunda, que no se podrá revertir sin generar inmensos trastornos. La telaraña de intereses creados alrededor de la expansión permanente de la producción y el consumo no la sostiene exclusivamente el 1%.

    Ya no es sólo que todo nuestro marco económico e institucional esté diseñado como un esquema Ponzi o una estafa piramidal (basta pensar en el mecanismo de deuda-interés, o en el sistema de pensiones). O que felicidad y aspiraciones consumistas haya contraído un sólido matrimonio en nuestros imaginarios. El secuestro en la trampa del crecimiento es todavía más perfecto: cuando una sociedad sólo sabe producir vidas cotidianas mínimamente vivibles mediante el incremento del PIB, por mucho que las élites se lleven la mejor parte, y por muy autodestructivo que sea su efecto a medio plazo, la gente creerá en ello a toda costa. Y será electoralmente suicida rebatirlo. Especialmente, como es el caso, si los daños más directos todavía se pueden externalizar sobre el cuerpo de las mujeres, los países del Sur o cargando la factura sobre la naturaleza.

    Bajo esta luz la transición ecológica se presenta como una encrucijada de una complejidad extrema. Cuando Larry Elliott, en un artículo en The Guardian traducido en Eldiario.es, acusa de timidez a la socialdemocracia que perdió su ventana de oportunidad en 2008, acierta a costa de simplificar demasiado: Elliott minusvalora lo tupida que es, materialmente hablando, la hegemonía neoliberal. Sólo el tipo de relación que la clase trabajadora del presente tiene con el sistema bancario, donde la deuda hipotecaria puede convivir fácilmente con pequeños ahorros, transforma completamente el marco de miedos y esperanzas sociales, y por tanto las reglas de juego del combate político. También respecto a los treinta es irreconocible el horizonte de expectativas vitales de las grandes mayorías. Al afirmar Elliott que uno de los errores de la izquierda radical es no asumir que la gente quiere viajar lejos, comer bien y poder mejorar su teléfono móvil cada diez años, describe el tipo de resorte libidinal que está lanzando a nuestras sociedades en brazos de la extrema derecha. Pero también el tipo de hipoteca sociológica que lastra a cualquier Gobierno a la hora de efectuar giros económicos audaces. Y es que todo escenario de ruptura económica que podamos imaginar, y asumir la existencia de límites al crecimiento es una idea radicalmente rupturista, tendrá como efecto inmediato una caída severa de los niveles de vida y un aumento transitorio del sufrimiento social. Que puede ser enormemente difícil de gestionar en términos políticos.

    Este es el corazón del dilema democracia que tan bien describió Hans Jonas: nuestras sociedades están muy poco preparadas para subordinar la ventaja del presente al mandato de largo plazo del futuro. Salvo que mediara un cambio cultural de inmensas proporciones, el tipo de contracción material que requerirá reintegrarnos en los límites del planeta parece más propicio para una política coactiva que para una política democrática. Por ello cualquier intento de aunar sostenibilidad y democracia debe poner entre sus objetivos prioritarios incentivar el tipo de mutaciones culturales que podrían convertir cierto nivel de austeridad material relativa (en comparación con el derroche del presente) en algo deseable. Cambios moleculares en los imaginarios y las prácticas cotidianas que nacerán necesariamente fuera del marco de juego institucional, aunque este pueda después hacer políticas públicas inspiradas en ellos.

    Harari afirma que la modernidad se basa en un pacto sencillo: perder sentido a costa de ganar poder. Una economía de estado estacionario y democrática sólo será posible implantada en una revolución antropológica en la que renunciemos a aumentar nuestro poder a costa de volver a ganar sentido. Parece que un siglo xxi de crisis ecosocial tiene el suelo abonado para un retorno de lo religioso. Es sabido que el cristianismo contribuyó a hacer habitable el colapso del Imperio romano porque reorganizó el mundo social bajo presupuestos pesimistas. No es descartable que la religión pueda volver a tomar ese papel.

    Sin embargo, la lujosa pobreza, que es un bonito oxímoron para nombrar el objetivo de la revolución cultural que necesitamos, también puede alimentarse de esperanza laica, materialista, que no necesite el contrafuerte de una promesa de salvación transmundana para articular una idea de vida buena mucho más austera. La democratización radical del concepto de talento, que ha sido el motor impulsor de la práctica artística y literaria durante los últimos 150 años, y que ha puesto en manos de la gente corriente una enorme capacidad para el juego poético significativo, puede ser uno de estos afluentes. Otro manantial de felicidad sencilla es la revolución afectiva y sexual contemporánea, con la consiguiente erotización de las relaciones interpersonales, y la primacía del amor electivo como eje biográfico frente a las normas de parentesco tradicionales, rígidamente atadas a las estrategias de reproducción de los grupos sociales. El juego, el deporte y la fiesta local son otros buenos dispositivos institucionales en los que canalizar las energías sociales excedentarias que hemos ganado a la supervivencia, y que no tenemos por qué perder en una sociedad sostenible, con un impacto ecológico mínimo. Por último, la lujosa pobreza encuentra en el mandato ecofeminista todo un nuevo continente experiencial para construir arraigo y pertenencia sostenible: reclamando nuestro derecho al tiempo no productivo, a la vulnerabilidad, a cuidar y ser cuidados, a la convivencia, a la comunidad, al útero social en cualquiera de sus formas (la familia nuclear o la tribu que reclama Carolina del Olmo), a la custodia del lugar y del territorio, a la protección del vínculo con la biosfera. En definitiva, haciendo del derecho a declarar nuestras dependencias (muchas y multilaterales) el centro de un programa emancipador que, a diferencia de las utopías antropófugas tan en boga, ya no espera liberarse de sino en nuestra condición de criaturas.

    Estas son algunas de las armas de la lujosa pobreza para ganar el combate que va a determinar el desenlace político del cortísimo siglo xxi: el de la guerra (asimétrica) por el sentido de la vida.

     

  • La Maleta de Portbou

    18/06/2018

    CELEBRAMOS EL 30

  • La Maleta de Portbou

    20/03/2018

    En La Maleta 28: “¿Qué es nuevo?” Humanistas, científicos y tecnológicos se interrogan acerca de qué es y qué significa la novedad hoy

    “Lo nuevo se apodera de nuestro interés gracias al prejuicio del progreso, como si la novedad siempre fuera lo mejor. Sin embargo, los nuevos políticos, los nuevos descubrimientos tecnológicos y las nuevas obras de arte ¿son siempre y necesariamente mejores que sus predecesores?”

    Santiago Zabala, “¿En qué consiste lo nuevo hoy?”  La Maleta 28

  • La Maleta de Portbou

    07/03/2018

    En La Maleta 28: “Cines en un mundo escéptico”, desde la mirada de Jordi Costa, Óscar Brox i Ignasi Mena

    “Las amistades (¿peligrosas?) entre Woody Allen y Amazon son sólo uno de los muchos síntomas del inminente cambio de paradigma en los hábitos de difusión y consumo en la industria del audiovisual que anticipa la irrupción de Netflix, HBO, Amazon y otras plataformas en el ámbito de una producción cinematográfica que ya no tiene a las salas comerciales como destino prioritario. […] El debate invitaba a formular una pregunta esencial sobre la naturaleza de lo cinematográfico: ¿a qué debemos atenernos para definir el cine: a unos determinados modos de expresión o a unos protocolos concretos de difusión y exhibición?”

    Jordi Costa, “Muerte o resurrección del cine”

  • 08/01/2018

    Concurso convocado por La Maleta de Portbou entre los alumnos de Sonia Pulido de la Escuela Eina

    © Maria de Balanzó

    Ilustración seleccionada en el concurso convocado por La Maleta de Portbou entre los alumnos del módulo de Prensa del Posgrado en Ilustración creativa i técnicas de comunicación visual de la Escuela Eina, Centre Universitari de Disseny i Art de Barcelona (UAB),  impartido por Sonia Pulido,  y  publicada en el número 27 de La Maleta. Entra aquí para ver la obra de todos los participantes.

  • Escola Europea d'Humanitats

    14/07/2017

    Escuela de Verano. Alain-Paul Mallard y Jorge Carrión: Borges y Cortázar. Literatura entre dos siglos

    El cineasta y escritor Alain-Paul Mallard y el escritor y profesor de literatura (UPF) Jorge Carrión compartieron este curso que concluyó el jueves 13 de julio. Durante la segunda semana de julio Alain-Paul Mallard trató a Borges en el contexto de la literatura del siglo XX y a Cortázar en los debates literarios de su tiempo; Jorge Carrión abordó la literatura de Borges como literatura del futuro y manifiesto del arte argentino del siglo XXI y la obra de Cortázar como literatura posnacional que utilizó técnicas más allá de la misma literatura.

  • Escola Europea d'Humanitats

    11/07/2017

    Escuela de Verano. Lluís Duch y Albert Chillón: Sociedad mediática y totalismo

     

    El antropólogo y teólogo Lluís Duch y el escritor y profesor de Teoría de la Comunicación (UAB) Albert Chillón compartieron el curso que concluyó el jueves 6 de julio. Durante la primera semana de julio analizaron la sociedad mediática actual, la sobreexposición imperante y la tiranía de la transparencia que nos pueden llevar a un totalismo del que no somos suficientemente conscientes todavía.

  • Escola Europea d'Humanitats

    11/07/2017

    Escuela de Verano. Adela Muñoz Páez: Sabias. Una historia de la mujer y del saber

    El curso de la catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla Adela Muñoz Páez concluyó el jueves 6 de julio. Durante la primera semana de julio,  presentó y analizó la vida y obra de mujeres sabias de la historia a partir de cinco ejes temáticos: religión, exclusión de la Academia, reconocimiento científico, una mirada a España y el papel de las mujeres en la revolución informática.

  • La Maleta de Portbou

    05/07/2017

    ¡Ya ha salido La Maleta 24! La presentamos en La Central de Mallorca, en Barcelona.

    En el  dossier de este número nueve académicos de disciplinas y generaciones diversas responden a la pregunta: ¿Qué nos hace humanos? De las encrucijadas de este principio de siglo trata José Ovejero, que nos advierte de cómo la actual globalización, a diferencia de la de finales del siglo XIX, ha generado distopías colectivas y las pocas utopías han sido de redención individual, al modo de las fantasías transhumanistas.  Andrew Keen nos advierte que «la tecnología nunca es una solución», sino que nos exige siempre.  Gregorio Martín afronta la cuestión central del trabajo en la era de la digitalización, que la política elude sistemáticamente por miedo a tener que revisar mitos estructurales de la sociedad: el trabajo como centro de todo. La Galería Beagle 2.0″ rememora virtualmente con  imágenes de Google Street View el rastro del viaje que Darwin realizó alrededor del mundo entre 1831 y 1836 a bordo de un galeón de la Armada Real Inglesa. Andreas Huyssen vincula “Bannon, Trump y la Escuela de Fráncfort”. ¡Y más!

    Puedes consultar el Sumario aquí.

  • La Maleta de Portbou

    20/06/2017

    Educar en un mundo cambiante: “Aprender cómo ver”, entrevista a Judith Butler.

    Puedes leerlo en La Maleta 23:

    “Cuando estuve en El Cairo en otoño de 2010, justo tres meses antes de la revuelta de la plaza Tahrir, asistí a una cena con un montón de académicos que estaban algo deprimidos. Y pregunté: ¿qué posibilidades hay de que alguna vez haya una revuelta contra el régimen de Mubarak? Ellos se rieron y se burlaron de mí y contestaron de forma relativamente unánime que eso no sucedería nunca.”

  • La Maleta de Portbou

    13/06/2017

    “Los que vinieron”, relato de Henar Lanza sobre su exilio laboral en Barranquilla

    Puedes leerlo en  la Maleta 23:

    “Por eso he titulado este texto ‘Los que vinieron’ y no ‘Los que se fueron’. Cómo se nos llame, cómo se llame a este fenómeno sociológico del exilio de los ya no jóvenes con una formación académica completa, depende de quién nos mire: para nuestros familiares y amigos europeos […] somos ‘los que se fueron’, pero para nuestros amigos de acá somos ‘los que vinieron’, ya no en 1492, sino en esta última década del siglo XXI.”  Henar Lanza González

  • La Maleta de Portbou

    16/05/2017

    “¿Es posible educar en una sociedad anómica y mutante?”

    Puedes leerlo en La Maleta 23: “¿Es posible educar en una sociedad anómica y mutante?” 
     
    Marina Subirats: “Desde los años ochenta estamos en España dando vueltas a la educación, discutiendo lo que debe o no debe incluir, promulgando leyes, enfrentando la pública a la privada. La Logse era una buena ley, había que darle tiempo e introducir retoques en el proceso de implantación y desarrollo, abrirla a los cambios.

  • La Maleta de Portbou

    03/04/2017

    Presentación de La Maleta 22 en La Central del Raval, en Barcelona, el 3 de abril.

    Con motivo de la publicación de la Galería de este número, La ciudad como galería, el muro como lienzo, comisariada por  Roc Blackblock, los artistas urbanos Roc Blackblock y Jorge Rodríguez Geraday  Arcadi Poch, curator, experto en arte urbano  y director del departamento de cultura de Montana Colors, nos introdujeron en el mundo del arte urbano, desde  los primeros graffitis hasta el muralismo contemporáneo, nos aclararon conceptos, categorías, estilos y lenguajes.

  • La Maleta de Portbou

    13/02/2017

    En la GALERÍA de LA MALETA 21: “Nothing but blue skies”, una exposición sobre los artistas y el 11S

     Guillaume Chamahian, Breaking News, 2016. Instalación de vídeo compuesta por 123 televisores catódicos. Retorno al acontecimiento mediático del 11 de septiembre de 2001. 

     

    Nothing but blue skies es una canción escrita por Irving Berlin en 1926 que habla de un día de cielo azul en el que la vida parece perfecta. Interpretada por las mejores voces de Nueva York, el título se hace eco del color del cielo la mañana del 11 de septiembre de 2011.

  • 23/01/2017

    Obscenidad

    Donald Trump liquida la división del trabajo sobre la que se asentaba el sistema político emanado de la revolución conservadora de los años ochenta, en el que los empresarios mandaban en la economía y los políticos y los expertos dirigían las instituciones públicas, bajo el principio “no hay alternativa”. El presidente y un grupo de multimillonarios amigos han decidido salir de las bambalinas y ocupar directamente la escena. Y se han puesto a gobernar, dando a los empleados (políticos y expertos) por despedidos. Enseñar las vergüenzas del sistema en público es obscenidad. Y es esta falta de pudor de Trump la que ha dejado sin coartada a unos y a otros, la que ofende. Por eso lo llaman antisistema.

     

  • Escola Europea d'Humanitats

    14/12/2016

    Archivo: Curso de Joan Fontcuberta. La furia de las imágenes

     

    El curso de Joan Fontcuberta, La furia de las imágenes,  en el Palau Macaya,  de l’Obra Social “la caixa”, sede de l’Escola Europea d’Humanitats,  ha concluido el 15 de febrero con la  intervención en la primera parte de la sesión  de la fotógrafa catalana  Laia Abril (en la imagen). El jueves 16 de febrero, Fontcuberta ha recibido el Premi Ciutat de Barcelona por el libro  del mismo nombre de la editorial Galaxia Gutenberg.