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TEXTO EN ABIERTO: ¿CÓMO SERÁN LAS RELACIONES INTERPERSONALES DESPUÉS DE LA PANDEMIA Y EL CONFINAMIENTO?

Josep Moya y Ester Fornells han escrito este texto tras una serie de sesiones con diferentes expertos en la primavera del confinamiento a través del canal Zoom:

Gemma García Calatayud (antropóloga), José Ramón Calvo Fernández (doctor en Medicina), Gustavo Dessal (psicoanalista), Joan de Diego Navalón (doctor en Ciencias de la educación), Aldo Olcese Santonja (doctor en Economía Financiera), Josep Lladós Canet (ingeniero informático), Maite Aymerich Boltà (pedagoga), María de los Ángeles Calvo Torras (doctora en Farmacia y Veterinaria), Rithée Cevasco (socióloga y psicoanalista), Jordi Alberich Llaveria (economista), Josep Ramoneda Molins (periodista, filósofo y escritor) y Sergio Escalera Guerrero (ingeniero informático).


Es una obviedad que la pandemia provocada por la enfermedad de la covid-19 está cambiando de manera considerable las condiciones de vida del planeta. En efecto, al tratarse de un virus de aparición reciente se desconocían los mecanismos fisiopatológicos responsables de los diferentes y multisistémicos síntomas. En ese contexto, los gobiernos han actuado, en su gran mayoría, a remolque de los acontecimientos y han dictado normas no siempre coherentes y, en ocasiones, absolutamente contradictorias, fruto de una manera de pensar muy simple que tiene dificultades para hacerse cargo de fenómenos complejos (Daniel Innerarity, Pandemocracia, Galaxia Gutenberg, 2020). Ello, a su vez, ha provocado confusión y desorientación en la ciudadanía, así como una desconfianza y desafección hacia la clase política. Sin embargo, como señala acertadamente la profesora María de los Ángeles Calvo (La gran pausa. Gramática de una pandemia, Malpaso, 2020), debemos reconocer que esta pandemia no se puede definir como inesperada ya que tanto los epidemiólogos como los expertos en virus la habían pronosticado. El problema fue que ningún dirigente ni ninguna institución política estatal o supraestatal se hizo eco de aquellas previsiones.

Además, la pandemia ha generado no sólo una crisis sanitaria sino también una crisis económica sin precedentes, con la destrucción de millones de puestos de trabajo. Se trata de una crisis que los economistas valoran de una naturaleza mucho más grave que la que se desencadenó en el año 2008 (Aparicio, «Covid-19: La primera gran crisis económica sin manual de instrucciones», Cinco Días; 12 de abril de 2020; Liébana, J. M., en La gran pausa. Gramática de una pandemia).

Finalmente, el hecho de que no se disponga en la actualidad de una vacuna ni de un tratamiento de probada eficacia está generando y generará un escenario social basado en el miedo al contagio, tanto en el trato interpersonal como en el contacto con los objetos, que también pueden estar contaminados (Giordano, P., En tiempos de contagio, Salamandra, 2020).

La pandemia ha provocado un estado de alarma cuyo principal vector ha sido el confinamiento de la población general, decretado bajo la mirada estricta de los agentes de salud. A partir de aquel momento, se han generalizado modalidades telemáticas de relación tanto en los ámbitos profesionales como en los personales. Sin embargo, esta situación ha generado varios interrogantes que se pueden resumir en el siguiente: ¿La pandemia y el confinamiento modificarán los hábitos de relación social de los ciudadanos, es decir, se verán afectados de manera considerable y generarán nuevas modalidades de relación, en las que los métodos telemáticos tendrán un protagonismo mucho mayor?

A su vez, de esta pregunta general se derivan un conjunto de subinterrogantes:

1. ¿Qué modalidades de relación se establecerán de manera prioritaria en las relaciones sociales en general?

2. ¿Cuáles serán las modalidades en los medios laborales?

3. ¿Y en los medios formativos?

4. Estas nuevas modalidades ¿podrán provocar un incremento de las desigualdades sociales?

Para responder a estas preguntas, Ester Fornells Admella, Marcos Antonio Catalán Vega, Manuel de Armas Hernández, M. Teresa Anguera Argilaga y servidor, diseñamos un proyecto de investigación de naturaleza prospectiva, es decir, centrada en aspectos de predictibilidad(Altarriba, Construyendo el futuro deseado. Introducción a la Ciencia Prospectiva, Tarannà, 2006). Para ello se constituyeron dos paneles de expertos de diversas disciplinas. Se organizaron tres reuniones para cada uno de los paneles, con una periodicidad semanal y una duración de dos horas. Gemma García Calatayud (antropóloga), José Ramón Calvo Fernández (doctor en Medicina), Gustavo Dessal (psicoanalista), Joan de Diego Navalón (doctor en Ciencias de la educación), Aldo Olcese Santonja (doctor en Economía Financiera), Josep Lladós Canet (ingeniero informático), Maite Aymerich Boltà (pedagoga), María de los Ángeles Calvo Torras (doctora en Farmacia y Veterinaria), Rithée Cevasco (socióloga y psicoanalista), Jordi Alberich Llaveria (economista), Josep Ramoneda Molins (periodista, filósofo y escritor) y Sergio Escalera Guerrero (ingeniero informático).

Las relaciones interpersonales posconfinamiento

El enunciado de la primera pregunta contiene una presuposición que podemos considerar obvia: en el marco general de la sociedad, la pandemia y el/los confinamientos determinan un antes y un después. Para muchos, se hace necesario un replanteamiento general de la economía, de la sanidad, de las rutinas sociales. El coronavirus SARS-CoV-2 ha venido para quedarse pero incluso cuando se disponga de vacunas y de tratamientos adecuados la población del planeta Tierra no se verá libre de nuevas epidemias y/o pandemias. Nuevos virus llegarán y ello ocurrirá sin que los humanos seamos inmunes a esas nuevas invasiones ultramicroscópicas.

Este nuevo contexto mundial impondrá o, mejor, ya está imponiendo, cambios considerables en las relaciones interpersonales. De entrada, ya somos testigos de cambios que afectan a nuestra manera de relacionarnos con las amistades, con los familiares, con los compañeros de trabajo; pero no sólo eso, también afecta, y de manera contundente, a la manera en que disfrutamos del tiempo libre, de las vacaciones, de los actos culturales y deportivos, por citar algunos ámbitos.

La pandemia y el confinamiento, ya sea en la modalidad restringida o en la global, han evidenciado un elemento crucial: no somos imbatibles, somos mucho más vulnerables de lo que imaginábamos. De pronto nos hemos visto obligados, en mejor o peor grado, a renunciar a la relación cara a cara, cuerpo a cuerpo; hemos establecido unas rutinas relacionales basadas en la comunicación telemática, a través de videollamadas o de las numerosas plataformas que, hasta hace poco tiempo, eran utilizadas por una minoría de ciudadanos. De pronto, esas plataformas se han hecho habituales, hasta el punto de que muchos se han convertido en expertos en comunicación telemática.

Sin embargo, la idea presupuesta subyacente en este proceso de comunicación alternativa era la siguiente: todo esto pasará y al cabo de un tiempo podremos recuperar nuestras viejas rutinas, las basadas en los encuentros presenciales, cara a cara. Frases como «Todo irá bien, pronto podremos salir y compartir espacios públicos, disfrutar de conciertos o acudir a estadios de fútbol». Todo ello como síntoma de la resistencia al cambio. A este respecto cabe recordar, como ha señalado Daniel Innerarity, que los seres humanos estamos menos dispuestos a modificar nuestro comportamiento cuanto más alejadas nos parezcan las consecuencias de no hacerlo, desde el punto de vista del tiempo o del espacio. Esta diferente reacción nos está diciendo mucho acerca del tipo de sociedad que hemos construido, una sociedad que funciona a base de incentivos y presiones.

En efecto, las actitudes irresponsables de muchos ciudadanos que se niegan a utilizar mascarillas o que no respetan la distancia de dos metros están provocando nuevos brotes de contagios olvidando lo que otros ya han interiorizado: que este virus ha venido para quedarse durante mucho tiempo, y además, mientras no haya una vacuna que sea eficaz a largo plazo y que permita que la vida vuelva a una cierta normalidad, vamos a estar muy condicionados por esta situación.

En la actualidad, están apareciendo, como ya se ha señalado antes, rebrotes de contagios en diversos países como China, Corea del Sur o Alemania, por citar los mejor preparados para hacer frente a la pandemia; señal inequívoca de que el virus sigue ahí y seguirá estándolo por algún tiempo. En consecuencia, es una ingenuidad bajar la guardia y actuar como si toda esa pesadilla hubiera terminado. Los virólogos y muchos biólogos nos vienen advirtiendo desde hace ya algún tiempo que la emergencia que vivimos no es la primera ni será la última. Hace dos años, en 2018, se cumplieron cien años de la mal llamada gripe española, una pandemia que sacudió los cinco continentes y que causó más de cincuenta millones de muertes. En aquella ocasión, la pandemia fue provocada por una nueva cepa de un virus de la gripe; su origen se situó en Estados Unidos, probablemente en el campamento Funston, en Kansas, y llegó a Europa a través de los soldados norteamericanos que desembarcaron en Francia para enfrentarse a las tropas alemanas y austriacas durante la Primera Guerra Mundial.

Un segundo factor que tendrá una considerable incidencia en los cambios en las relaciones interpersonales es el económico. En efecto, ya no es solamente el temor al contagio el que condiciona y seguirá condicionándonos, y ello fundamentalmente debido a la pérdida del poder adquisitivo de muchos sectores de la población activa. Las pérdidas económicas son astronómicas pero su impacto real está por llegar. En consecuencia, muchas personas se van a ver obligadas a restringir sus relaciones sociales. A este respecto cabe añadir que no se trata de un fenómeno nuevo, ya que la crisis económica de 2008 tuvo unos efectos devastadores en las vidas sociales de aquellos que perdieron sus puestos de trabajo y vieron cómo, súbitamente, perdían amistades y vínculos familiares o de pareja.

Desde la mirada de la clínica mental, cabe destacar la emergencia del fenómeno de la sospecha sistemática. Todos nos convertimos en sospechosos; algo que ya ocurrió tras los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York. A partir de entonces, una maleta o una mochila depositadas en la plataforma de un ferrocarril, de un metropolitano o en la sala de espera de un aeropuerto eran hipotéticas contenedoras de una bomba y su propietario un probable terrorista. Una muestra de esta paranoidismo social es el fenómeno de «los justicieros del balcón», esos individuos que desde su terraza fustigan, hostigan o denuncian a aquellos que, en su opinión, no cumplen las normas establecidas por las autoridades sanitarias. Sin embargo, no se trata tanto de una sospecha dirigida a un otro sino a su cuerpo en tanto desconocemos su potencial capacidad de contagio.

En este mismo marco psicológico destaca una vivencia: la incertidumbre. Esta va a marcar y condicionar nuestra manera de posicionarnos ante la vida y ante los otros. Es una incertidumbre que proyecta su sombra sobre todos los ámbitos: ¿dispondremos de una vacuna, de un tratamiento eficaz? ¿Podremos mantener el puesto de trabajo, la continuidad de la empresa? ¿Nuestro sistema sanitario será capaz de resistir nuevos rebrotes sin que llegue al colapso?

Incertidumbre, falta de garantías, de seguridad, términos que dan cuenta del estado de zozobra social que se está generando. Como señalaba Žižek, las epidemias virales nos recuerdan la contingencia y la insignificancia de nuestra vida (Pandemia, Anagrama, 2020).

Un ámbito especialmente sensible a esa incertidumbre es el de la enseñanza. Actualmente, las escuelas, los institutos, las universidades y, en general, todos aquellos dispositivos que se dedican a la formación, se quejan de falta de seguridad, de falta de recomendaciones claras, de falta de recursos humanos y tecnológicos para poder conseguir los objetivos que la sociedad les ha encargado.

En este contexto de pesimismo generalizado es preciso introducir una nota de cierto optimismo: la aportada por el ámbito de la ingeniería. En primer lugar, hay que señalar que la comunicación «fría» a través de los ordenadores y a través de los móviles ya existía antes y es algo que hemos de aceptar, y no está provocado por una pandemia. En efecto, muchos adolescentes y adultos jóvenes vienen utilizando de manera generalizada la comunicación telemática, hasta el punto de que dos pueden estar comunicándose a través del móvil y encontrarse a escasos metros uno de otro.

La comunicación a través de móviles, ordenadores o tabletas –preciso es reconocerlo– ha aliviado la situación de muchas personas, incluidas de personas mayores, que han podido contactar con sus familias a través de estos dispositivos.

En consecuencia, las relaciones sociales van a experimentar, y de hecho están ya experimentando, cambios notables debido tanto a las limitaciones impuestas por la pandemia como a las posibilidades que nos ofrecen las llamadas nuevas tecnologías de la comunicación.

Los medios laborales

Una primera reflexión se centra en la desconfianza, punto ya señalado en el apartado anterior. Esa desconfianza provocará distancia física entre unos y otros y provocará pérdida de información a través de los gestos y las miradas. Esta misma desconfianza podrá comportar una mayor tendencia a la individualización y al trabajo por objetivos. Además, es probable que los contactos sociales procedentes del mundo laboral pero que se producen fuera del trabajo, es decir, comidas, encuentros en cafeterías, también disminuyan, con lo cual se perderá parte de la calidad humana y del aprendizaje.

Un segundo elemento es el que se refiere al teletrabajo. Este admite diversas interpretaciones. Así, por un lado, nos podrá aportar mayor flexibilidad y una mejor conciliación de la vida laboral y la vida familiar; ahora bien, siempre que seamos capaces de poner límites.

Por otro lado, el teletrabajo supone un riesgo derivado de la tendencia humana a la esclavitud y esto hace que muchas personas trabajen muchísimo más tiempo del que sería necesario. El propio individuo no puede poner límites claros a su alienación al trabajo. Esta tesis enlaza con el concepto de sujeto neoliberal en tanto el trabajador se convierte en empresario de sí mismo.

Además, con la modalidad del teletrabajo el lazo social va a requerir un reordenamiento en el mismo espacio domiciliario ya que existe el riesgo de confusión entre el ámbito laboral y el familiar, con el consiguiente riesgo de incremento de conflictos y de pérdida de la privacidad. El aumento de casos de violencia de género es un claro exponente de esta situación.

Desde una mirada económica se hace evidente que va a producirse una digitalización de la actividad laboral y de nuestra vida en general. Una tendencia en auge que el coronavirus ha precipitado. El teletrabajo podrá comportar una mejora de la eficiencia económica en tanto puede potenciar la capacidad intelectual de los individuos. Sin embargo, esa misma modalidad podrá producir un empeoramiento de las relaciones personales y de los sentimientos. Es la contrapartida afectiva: habrá un incremento del aislamiento, una merma de las relaciones personales, una cosificación de las relaciones, y una pérdida de la intimidad comportamental.

Ello nos recuerda que la covid-19 es una emergencia tan compleja que es probable que cambie la estructura demográfica y socioeconómica de muchos países antes de que se contenga o se disipe por sí sola (Carballo, en La gran pausa, Gramática de una pandemia, Malpaso, 2020)

Finalmente, en la nueva pospandemia se implantará un sistema mixto, presencial/televirtual, y ello vendrá determinado por el entorno laboral. Sin embargo, esta hibridación acarreará unas dinámicas de aumento de control del empresariado sobre los trabajadores. Al respecto debe señalarse que muchas empresas están utilizando la situación actual para pasar cuestionarios para evaluar la salud mental de sus trabajadores. Ello les ha permitido tener una enorme cantidad de datos para valorar elementos como la utilización del tiempo, rendimiento laboral, reducción de costes de mantenimiento y de infraestructura.

La educación

A estas alturas de la pandemia y a tenor de su evolución en forma de rebrotes parece claro que el próximo curso académico va a sufrir importantes cambios en lo que atañe a las dinámicas en las aulas. De entrada, la imposibilidad de mantener los números habituales de alumnos por aula comportará la necesidad de aumentar las plantillas de docentes así como la necesidad de habilitar nuevos espacios. Ello requerirá la implicación de los ayuntamientos y, también, el tener que establecer marcos de diálogo y negociación con las familias.

En este contexto, el conjunto de líneas discursivas de los actores implicados converge en una idea directriz: el aprendizaje presencial tendrá que coexistir con el teleaprendizaje. Ello provocará cambios en la propia idea de grupo clase y que se tenga que pensar en grupos de aprendizaje, en clases invertidas en las que presencialmente se resuelvan problemas o dificultades que hayan surgido a través del teleaprendizaje.

Pero, a raíz de ello, surgen algunas inquietudes. Una de ellas se refiere al interrogante sobre si los alumnos serán menos cooperativos y se mantendrán alejados unos de otros; si se convertirán en alumnos mucho más competitivos, cada uno con sus objetivos.

Pero, por muy sofisticada que sea la nueva enseñanza telemática es obvio que tiene y tendrá serias limitaciones. Por ejemplo, ¿cómo concebir unas prácticas telemáticas en el ámbito de la medicina, de la farmacia o de la biología?, por citar algunos ejemplos. Parece obvio que estamos frente a un maremágnum muy grande, no sólo por las diferentes franjas de edad sino también por los diferentes tipos de formaciones. Además, hay que tener muy presente que ni todo el mundo dispone de las mismas herramientas, ni tampoco de las mismas posibilidades. En consecuencia, para algunos entornos la situación se va a tornar muy complicada.

Otro aspecto a destacar es el que se refiere a la función de la docencia. Existe un consenso casi general en considerar que la presencia del profesorado es necesaria porque la actividad docente no sólo consiste en la transmisión del conocimiento operativo sino, y esto es fundamental, en la transmisión del deseo de saber. Sólo se puede enseñar si la profesora o el profesor son capaces de transmitir al alumnado el deseo de saber. Además, esa transmisión responde muchísimo a la relación personal que se establece entre el alumno y el maestro, y ello en todos los niveles educativos.

Todos tenemos la experiencia de cómo una maestra o un profesor han marcado nuestra vida, para bien o para mal, cuánto le debe nuestra formación a la relación personal; en otras palabras, si la transmisión de información no se acompaña de aquella relación personal, el conocimiento se degrada mucho; en consecuencia, se tendrá que encontrar una forma de transmisión del conocimiento de tal modo que la teleformación sea una herramienta que no sustituya la transmisión presencial.

En este contexto, es preciso hacer referencia a lo que han experimentado los alumnos en el periodo de confinamiento. Así, si para muchos ha supuesto una experiencia difícil de soportar, para otros, en cambio, ha sido un alivio. En más de una ocasión se obtuvieron respuestas del tipo «Lo he pasado bien, en casa, jugando con el ordenador y no teniendo que soportar a mis compañeros. El problema viene ahora, que ya tendremos que volver al colegio». Se trata de un problema que se enmarca en un fenómeno más global: las personas progresivamente van perdiendo la capacidad de poder actuar en el mundo real.

Hay que señalar que existen sujetos que tienen muchas dificultades, provocadas por su perfil psicológico (psicopatológico), para enfrentarse a las personas en vivo y en directo. Para ellas, este sistema de comunicación telemática es una bendición, les permite no quedar excluidas del mundo y al mismo tiempo ahorrarse las dificultades, a veces irreversibles para muchos de ellos, de enfrentarse al contacto humano directo.

El encuentro humano también tiene una dimensión de riesgo que si no se está dispuesto a correr, excluye de la vida. El psicoanalista Gustavo Dessal señalaba, en su libro Inconsciente 3.0 (Xoroi, 2019), que en la actualidad descubrimos con sorpresa que se incrementa el número de personas que se sienten mejor y más cómodas en el mundo virtual, un mundo que les ofrece la oportunidad de asumir formas de vida imaginarias, identidades simuladas, fabricadas con la materia de los deseos, que interactúan con otras formas de vida semejantes sin entrañar demasiados riesgos.

Desde una perspectiva estrictamente universitaria, parece bastante claro que la existencia de materiales didácticos excelentes va a comportar que la relación profesor-alumno vaya a cambiar de tal manera que la figura del docente devenga en mentora. Es el learning by doing, o sea, el docente distribuirá unos materiales y posteriormente supervisará de manera individualizada, en un marco de atención personalizada, los trabajos desarrollados por los alumnos.

Las desigualdades sociales

En el momento de escribir este artículo ya se puede afirmar, a partir de lo que la realidad del día a día nos muestra, que la pandemia y su correlato de crisis económica están provocando un aumento de las desigualdades sociales.

Estas desigualdades se producen a varios niveles. En primer lugar, todo lo que vaya precedido del prefijo «tele» implicará que sólo podrán seguir en el carro aquellos que dispongan de los dispositivos y de la formación necesaria para «conectarse». Aquí ya hemos sido testigos de los esfuerzos que han tenido que desarrollar las instituciones académicas y políticas para dotar de recursos a aquellos que se encontraban en situación más precaria. Lo telemático implica tener un ordenador o una tableta, pero también se precisa una buena conexión a internet; además, es necesario tener el adecuado dominio de las plataformas telemáticas. Todos estos presupuestos no siempre se han dado. Este es un primer nivel de desigualdad.

Segundo nivel: el futuro de las generaciones jóvenes que, a causa de la pérdida de poder adquisitivo de sus familias, no puedan proseguir sus estudios, financiarse sus másteres o sus especialidades. Más aún, ¿qué va a pasar con las personas que no puedan tener acceso a la universidad? ¿Económicamente van a tener más problemas? ¿Qué va a pasar en las universidades en relación con los másteres que se nutren mucho más de las personas que vienen del extranjero?

Un punto especialmente inquietante al tiempo que escandaloso es la emergencia de un discurso de naturaleza eugenésica. En efecto, cada vez es más habitual ver y escuchar en la televisión a expertos que especulan sobre el coste de la vida de cada ser humano y formulan la pregunta sobre qué vale más, la vida de un bebé o la vida de un anciano.

Según ese discurso hay que sacrificar unas poblaciones para salvar a otras. Se contrapone un bebé, que es el futuro de la nación, a una persona de 85 años que está en el final de la vida y que provoca demasiados gastos al erario público.

Esta reflexión entronca con un fenómeno que está provocando estupor en la sociedad y ha sido denunciado por organizaciones y asociaciones que se dedican a cuidar y proteger a las personas mayores: el estereotipo edadista, es decir, la imagen de la persona mayor como incompetente, inservible, improductiva y amortizada (Fernández-Ballesteros, «Covid-19: ¿ha habido discriminación en función de la edad?», Hoy, 22 de junio de 2020).

Para finalizar, esta situación de la pandemia y los confinamientos va a provocar un incremento de las desigualdades sociales. Toda la economía del mundo se ha detenido en buena parte, y además se ha detenido por decreto de los Estados. Sin embargo, esta parada obligatoria no ha sido ni será tan global como algunos pretenden ya que no se ha parado todo el mundo y de ello dan cuenta los movimientos bursátiles. ¿Quiénes son los ganadores económicos de la crisis de la pandemia? Para decirlo rápido, los Google, Amazon, Facebook, Apple, entre otros. Nos encontramos ante los nuevos señores feudales, que se enriquecen y no sólo mantienen su posición sino que la refuerzan. No se trata sólo de un problema ético o moral sino de un fenómeno que tiene unas consecuencias sobre la salud de las poblaciones. Se sabe desde hace ya unos años que las desigualdades sociales correlacionan con los niveles de salud de las poblaciones: quienes viven en sociedades en las que existen mayores diferencias de ingresos entre ricos y pobres sufren una variedad de problemas sociosanitarios más amplia que quienes viven en sociedades más igualitarias.

Conclusiones

Extraer conclusiones generales de todo lo aportado por los participantes en los dos paneles es tarea harto compleja ya que representan visiones desde disciplinas y ópticas diversas. Sin embargo, y sin ánimo de ser exhaustivos, se pueden establecer las siguientes conclusiones:

1. Las cosas van a ser diferentes después de la pandemia o, mejor, cuando esta haya dejado de serlo y el coronavirus se haya establecido entre los humanos de una manera menos hostil, como viene ocurriendo desde hace muchos años con el virus de la gripe. Y las diferencias van a afectar a todas las áreas de la vida: salud, economía, educación, trabajo y relaciones sociales.

2. En este marco, las relaciones interpersonales van a estar condicionadas, aunque no determinadas, por diversos fenómenos. En un primer periodo, un cierto paranoidismo social, basado en la sospecha sistemática. Este paranoidismo estará condicionado por el temor al contagio en tanto nos enfrentamos a un virus que tiene una tremenda facilidad de transmisión. Por otro lado, una sensación de vulnerabilidad en tanto no se dispone, en el momento actual, de ningún tratamiento realmente eficaz ni de una vacuna que permita generar una profilaxis a gran escala. Además, esta vulnerabilidad se muestra ya en forma de una crisis económica de consecuencias devastadoras. El cierre de muchas empresas, con el consiguiente desempleo que algunos estiman en seis millones de personas en el caso del Estado español, genera un marco social de pobreza que afectará de manera desigual a los ciudadanos.

3. El nuevo escenario social comportará un incremento considerable del teletrabajo. No es un fenómeno nuevo pero la pandemia lo está acelerando de una manera exponencial. Esta modalidad laboral tiene sus luces y sus sombras. Por un lado, puede permitir una organización más personal de la actividad laboral y un ahorro de tiempo ya que se podrán evitar numerosos desplazamientos. También supondrá un ahorro para las empresas. Pero, por otro, y dada la tendencia de los humanos a la esclavitud, a la servidumbre voluntaria, existe el riesgo de pérdida de privacidad y de confusión entre el espacio familiar y el espacio laboral. Además, se incrementarán el sentimiento de aislamiento social y la falsa ilusión de que cada sujeto es dueño de su propio destino.

4. En lo referente a los entornos educativos-formativos, la figura clásica del docente se verá modificada de manera considerable por la enseñanza online. La tarea formativa es mucho más que una transmisión de conocimiento, es también la transmisión del deseo de saber. En este marco, se hace imprescindible lograr un equilibrio entre la enseñanza presencial y la enseñanza online. Esta última, especialmente en el ámbito universitario, puede favorecer el desarrollo de una actitud más activa por parte de los alumnos pero siempre será imprescindible la figura del docente en tanto mentor del alumno, acompañándolo en el largo periplo de su formación, guiándolo, estimulándolo y potenciando su talento tanto a nivel profesional como personal.

5. En lo referente a las desigualdades sociales, la pandemia y el confinamiento provocan y seguirán provocando un aumento considerable de las desigualdades sociales. Hay que tener presente que en el marco social de la pandemia ha habido empresas que se han enriquecido mientras que otras se han visto obligadas a cerrar. Los ricos están aumentando su riqueza mientras que los pobres padecerán una pobreza mucho mayor. La pandemia ha provocado la emergencia de unos nuevos señores feudales (Apple, Google, Amazon, entre otros).

6. Finalmente, un punto que ha sido escasamente tratado por los medios de comunicación, es el referente a la muerte. Muchas personas han perdido a sus familiares sin haber podido despedirse de ellos, es más, sin ni tan sólo tener la garantía de que el cuerpo que les entregaban o sus cenizas eran realmente de su familiar. La consecuencia inmediata de ello es la imposibilidad de un duelo digno.

La pandemia y el confinamiento nos han confrontado a todos con un Real, el de nuestras limitaciones, fragilidades y vulnerabilidades. Nos han mostrado, una vez más, las miserias humanas pero también las grandezas. Ha habido, como en todas las crisis, héroes y villanos, valientes y cobardes, generosos y avaros. Pero, sobre todo, nos han enseñado que los habitantes de este planeta debemos aprender y asumir que vivimos en un entorno que tiene sus límites y que nuestro principal enemigo no son los virus sino nosotros mismos.


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