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La Maleta de Portbou

Para vivir bien, hay que comer bien

Marta Segarra

#47 / Julio-Agosto

© Flavita Banana, www.flavitabanana.com

Los seres humanos se comen a otros animales –incluyendo, a veces, a otros humanos– desde tiempos inmemoriales. Con la excepción de unas pocas culturas, religiones y épocas, la humanidad es carnívora, como reza el título del ensayo de Florence Burgat, que se pregunta el porqué de la persistencia de este hábito alimentario. En efecto, si las proteínas animales son muy útiles y hasta necesarias en condiciones de vida extremas, en los países ricos de hoy en día más bien parecen superfluas e incluso perniciosas, pues están directamente relacionadas con problemas de salud tan extendidos y graves como las enfermedades cardiovasculares o la obesidad. Más allá de las necesidades nutricionales, de las tradiciones culinarias y del placer gustativo que muchas personas dicen hallar en los productos cárnicos, deben de existir otras razones que justifiquen el carnivorismo, hasta el punto de que los nombres que recibe la carne animal destinada a la comida, en varias lenguas, designan al alimento por excelencia. Por ejemplo, viande en francés (como la «vianda» española) significa en su origen «aquello que sirve para vivir» (vivanda en latín), exactamente como meat en inglés. Desde un punto de vista filosófico, Florence Burgat afirma, así, que el consumo de carne animal responde a la necesidad de reafirmar la superioridad humana, e incluso la excepcionalidad de la humanidad frente a todas las demás especies.


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