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La Maleta de Portbou

Sobre los zancos de Proust

Manuel Montobbio

#51 /Marzo-Abril 2022

© Esperança Rabat

Los zancos del tiempo

Se sorprende Proust, en la escena final de Le temps retrouvé con que concluye À la recherche du temps perdu, de que la impresión de lo poco que había envejecido el duque de Guermantes al contemplarlo sentado en un sillón se transforme en una figura que vacila sobre las piernas temblorosas, como si caminara sobre zancos, como si esos zancos hubieran crecido progresivamente durante sus 83 años de vida y le costara moverse desde esa altura, esa columna. Se pregunta por la altura de los suyos, por cuánto tiempo podrá mantener atado a él ese pasado que se hunde ya tan lejos, que arrastra tan dolorosamente. Siente un cansancio profundo al verse en la cúspide de ese tiempo, al darse cuenta de que no puede moverse sin arrastrarlo consigo. Y le parecen los hombres seres monstruosos, que ocupan en el tiempo un lugar bien distinto al que ocupan en el espacio, «un lugar, al contrario, prolongado sin medida, pues tocan simultáneamente, como los gigantes, inmersos en los años, épocas vividas por ellos, tan distantes en el Tiempo» (todas las citas son traducciones propias). Es el nuestro un yo sobrepuesto a los yo que hemos sido. Al tiempo e invisible, podría seguir, culminarse la escena como si el yo actual fuera el invisible, el transparente, el que proyecta en potencia el yo que seremos, el que podemos ser, el que queremos ser y no seremos, el que imaginamos ahora que queremos ser. ¿Quién, qué tira de los hilos, cómo se mueven las cuerdas, las lianas invisibles que hacen crecer los zancos sobre los que caminamos, a las que nos agarramos para no caer, para mantener el equilibrio, para avanzar? ¿Acaso la tensión entre potencialidad y realidad? ¿De qué están hechas esas lianas invisibles que nos unen, que pueden hacer que nuestro yo se multiplique, crezca en uno u otro sentido?


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