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Weimar pegado a la piel

#36/ JULIO-AGOSTO 2019

Jesús Casquete

Weimar, Alemania, 27 de enero de 2017. Conmemoración de las víctimas del nazismo. Pavel Kohn, antiguo preso de Auschwitz y Buchenwald, entra, junto a su esposa, en el museo que alberga el campo de concentración, atravesando la puerta cuyo letrero dice «Jedem das Seine» («A cada uno lo suyo»). © Martin Schutt/dpa-Zentralbild/dpa/Alamy Live News

 

El 27 de enero figura marcado en rojo en el calendario conmemorativo de la República Federal de Alemania. Se trata de una jornada para el recuerdo, el luto y, también (¿sobre todo?), para diseminar y perpetuar ese ánimo por definición inacabado e inacabable para que su ciudadanía mantenga una actitud vigilante frente a cualquier expresión incivil que atente, por decirlo con John Locke, contra «las reglas morales que son necesarias para la preservación de la sociedad civil». Desde 1996, en esa fecha se celebra en Alemania el «Día de Recuerdo de las Víctimas del Nacionalsocialismo» para conmemorar la liberación en 1945 del campo de concentración y exterminio de Auschwitz por el Ejército Rojo. En 2005 las Naciones Unidas hicieron suya la iniciativa y declararon la jornada como «Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto». En ambos casos se trata de una fecha para la confrontación activa con proyección a futuro de una de las páginas más ignominiosas de la historia de la humanidad y, desde luego, la más luctuosa de Alemania, el país responsable de perpetrar la Shoah.


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